La máquina del tiempo

Con las nuevas plataformas donde la música no nos pertenece es difícil que las recientes generaciones puedan tener un acercamiento que les permita depositar sus experiencias. Y, para la velocidad con que vivimos ahora, es más fácil olvidar que recordar.

Por: Homero Ontiveros

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Foto: Stacie DaPonte – Flickr (Creative Commons)

Días atrás me preguntaron por qué seguía comprando discos si ya nadie lo hace. Y es cierto, cada vez somos menos las personas que compramos discos en formato físico, tan es así que las antiguas tiendas especializadas cada vez tienen menos contenido musical salvo la música de aquellos artistas que son muy comerciales o populares. Para quienes aún compramos y buscamos música diferente a lo que está en las listas de venta cada vez es más difícil encontrar disponible algo de nuestro interés.

Una respuesta a esa curiosidad o hambre de nueva música está en las plataformas de streaming como Spotify, donde es seguro que encontremos suficiente música para escuchar por el resto de nuestras vidas, pero hay un problema en este formato y tiene que ver con la distancia. 

La música en plataformas de streaming no es nuestra, solo es prestada, o dicho de otra forma, es una renta para escuchar lo que queremos. Antes con iTunes por lo menos teníamos un archivo en formato mp3 que nos pertenecía. Ahora ni eso. Al no ser algo que no nos pertenece, se abre una distancia con el escucha porque la música se vuelve intangible, sin sentido de pertenencia y eso no permite la cercanía ni con el objeto, ni con el artista ni con la música como tal.

¿Y por qué es importante tener la música en un objeto físico como el disco? Por lo que en ellos hay y significa, y con esto va mi respuesta al por qué sigo comprándolos.

Los recuerdos de muchos momentos que hemos vivido, tanto buenos como malos, los vamos guardando de diferentes maneras, una de ella es en la música. Las canciones o piezas musicales nos sirven como una especie de bodega donde almacenamos experiencias por eso cada vez que escuchamos alguna canción conocida nos detona un recuerdo de algún momento o época específica. Incluso hasta sensaciones.

Las canciones o piezas musicales nos sirven como una especie de bodega donde almacenamos experiencias por eso cada vez que escuchamos alguna canción conocida nos detona un recuerdo de algún momento o época específica.

Por ejemplo, cuando escucho “No surprises” de Radiohead rápido me vienen como estampida recuerdos de mi época en la universidad, las salidas en jueves por la noche a un bar con los amigos y un enamoramiento que tuve en ese entonces. Pero no se trata solo de recordar, sino que reviven las emociones, y cuando oigo esa canción de alguna forma emerge del pasado el sentimiento vivido Y así ocurre con canciones que me han acompañado durante mucho tiempo.

Ahora, esto no solo sucede en el plano personal, el sentir de épocas y generaciones completas ha sido guardado en canciones, como ha ocurrido con The Beatles, Bach o el tropicalismo brasileño, entre otros ejemplos. Bob Dylan retrató a toda una generación y, al escuchar sus canciones, podemos darnos una idea de la dirección en que soplaban los vientos por aquellos días.

Entonces, cuando volteo y veo el mueble donde tengo gran parte de mis discos, me doy cuenta que lo que ahí conservo es parte de mi vida almacenada en muchos de ellos, por eso es importante para mi tenerlos ahí porque de alguna forma son mi máquina del tiempo y es a través de la música que puedo volver al pasado, no como una mera nostalgia, sino como el reconocimiento de los cambios que significan la vida.

Si quiero regresar a mi niñez, la máquina del tiempo se enciende con un disco de Emmanuel, Michael Jackson o Quiet Riot; si voy a mi pre adolescencia basta escuchar a Janes Adiction o Soda Stereo y, si quiero regresar a las calles de Andalucía por donde anduve hace un año, solo tengo que darle play a un disco de Los Planetas, Rosalía o escuchar Recuerdos de la Alhambra.

Con las nuevas plataformas donde la música no nos pertenece es difícil que las recientes generaciones puedan tener un acercamiento que les permita depositar sus experiencias, y para la velocidad con que vivimos ahora, es más fácil olvidar que recordar.

Para eso sirve, entre otras cosas, la música grabada: para no olvidar.

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