Domingo

| Memorias, historias y crónicas

8M en CDMX: El color de las jacarandas

El violeta, acompañado también del verde abortista y el negro de luto, colores que iluminaron la marcha del 8 de marzo en la Ciudad de México, en la incipiente primavera mexicana, ávida de justicia e igualdad.

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8M CDMX

No solo las jacarandas son violetas, también lo son las blusas que portaban las miles de mujeres que caminaron, exigieron, vociferaron un alto a la voraz violencia de género que ha ido in crescendo, consumiendo a nuevas víctimas. Color violeta, acompañado también del verde abortista y el negro de luto. Estos colores iluminaron la incipiente primavera mexicana, ávida de justicia e igualdad.

Guadalajara, Mérida, Querétaro, Monterrey, la Comarca Lagunera, regiones donde la pasividad rodea, también rugieron de rebeldía sumándose a la ferocidad de la gran capital. El ambiente desbordante se percibía desde el momento de abordar su metro atestado y eufórico entre las decenas de pasajeras, por encima de cualquier otro evento deportivo o marcha anterior. El aroma a aerosol pululaba en los andenes que iban cubriendo sus paredes con grafitis y demandas, todo en ebullición desde la estación Revolución hasta su destino final que fue su emblemático monumento.

Las mujeres mexicanas demostraron que no se inclinan por la figura abnegada de Margarita Maza de Juárez -figura por la que el presidente en turno siente admiración- sino por la inconformidad y la fiereza en un país donde los hombres han cometido un sinfín de atrocidades, materializadas en sendos homicidios recientes de Ingrid Escamilla y la niña Fátima, cuyos nombres se hicieron presentes, al igual que otros muchos asesinatos menos mediáticos y hasta remitiéndose al siniestro pasado de las muertas de Juárez.

“Yo aguanté a mi marido 38 años, lo dejé por abusivo. Este fin de semana no quise hacer nada y me fui a divertir y a bailar”. Guadalupe tiene 65 años, se confiesa tranquila y feliz desde que lo abandonó. Su amiga Diana, de su misma edad, también se separó sin remordimiento alguno de un hombre abusador. “Esto no pasaba en nuestros tiempos”, refiriéndose a las jóvenes cofradías que desfilaban esa tarde. La discrepancia generacional no era un obstáculo para coincidir en las demandas, por el contrario, se sentían complacidas de tener esas oportunidades de expresión de las que carecían en su juventud y se dejaban contagiar del entusiasmo y las ganas de emancipación. Las tres hablábamos de nuestras desventuras con algunos hombres mientras otras participantes paraban oreja; el sitio oportuno para un confesionario. Lo más doloroso de acudir a este tipo de congregaciones es encontrar tu propio reflejo y percatarte de las muchas experiencias que has vivido como mujer, de cómo has permitido que se propasen, normalizando y hasta justificando la masculinidad tóxica.

En mis 12 años y medio residiendo en la Ciudad de México sólo tres eventos masivos me han parecido verdaderamente sobrecogedores: el concierto de Paul McCartney en el zócalo, el sismo de 2017 y esta marcha de dimensiones alucinantes, con gritos y consignas de dolor, rabia y frustración desde niñas hasta adultos mayores y escasos hombres. Por momentos, el frenesí me invadía, me conmoví al encontrar incluso mujeres en silla de ruedas; la tristeza de recordar el sombrío historial machista mexicano, desde el caso de “Los Porkys” y los jueces que minimizaron su crimen, pasando por curas pederastas y políticos indolentes como Alfredo del Mazo, gobernador del Estado de México, que posee una muy considerable tasa de feminicidios. Las lágrimas me brotaron al percatarme que pertenezco a un país feminicida.

Aunque la mayoría de las participantes acudieron de manera pacífica, algunas lapidaron los negocios corporativos, rompieron cristales, pintarrajearon los muros y estatuas, derribaron las vallas de seguridad. Quizá la mejor imagen que no captó mi cámara fue el de un hombre que al tratar de caminar por encima de éstas, y al estar a punto de resbalar y caer sobre los vidrios rotos, una de éstas chicas lo sostuvo del brazo, mientras los grupos de policías los acechaban y se acercaban lentamente. Al seguirlas, percibí que lo poco que asomaban sus rostros cubiertos por capuchas eran muy jóvenes, incluso menores de edad, expeliendo su catarsis. “¡No violencia!, no violencia!”, gritaban otras, pero sus demandas no fueron escuchadas. 

Los medios y redes sociales hacen hincapié en los desmanes, las bombas Molotov, los incendios espontáneos, cuando son miles los ángulos en los que puede captarse esta marea embravecida que ha ido adquiriendo más adeptas con el paso de los años, según las asistentes de las marchas anteriores.

Es aquí cuando la razón se antepone sobre el amor romántico, la idealización, la cultura que ha enseñado a sus mujeres a callar y obedecer; la falsa creencia de considerar “normal” la agresividad masculina que ha desencadenado una barbarie por la que sus víctimas protestaban. El Estado se encuentra ahora frente ante una crisis social que ha intentado soslayar, que ha puesto muy en entredicho su reputación.

La ola femenina espera revolcarlo, al igual que al patriarcado.