Canto testimonial México 68: El arte que parió la masacre

Ignoro si Roberto Tello aun recorre Tlatelolco con su guitarra. Si todavía platica esa historia, la de ese México surreal, de estudiantes muertos, de inocencia y gobiernos paternalistas y autoritarios.

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El sol quemaba. Pero, a la sombra del Memorial de los Fallecidos en Tlatelolco, escuché a Roberto Tello cantar. Hace ya varios años de eso. Vendía un disco, Canto testimonial México 68, con canciones compuestas por Enrique Ballesté (1946-2015), interpretadas por él, un cronista de Tlatelolco y sobreviviente de la canción de protesta mexicana.

El disco, comercializado de mano en mano, es casi una psicofonía. Permite meterte bajo la piel de los estudiantes, sentir como ellos. Te remite a una época menos cínica, de ideales defendidos a pie y con el sudor frío bajando por la espalda.

Ignoro si Roberto Tello aun recorre Tlatelolco con su guitarra. Si todavía platica esa historia, la de ese México surreal, de estudiantes muertos, de inocencia, gobiernos paternalistas y autoritarios, organizaciones comunistas prostituidas que jodieron un movimiento de paz.

Cuando caminas por la Plaza de las Tres Culturas, bautizada en sangre por Hernán Cortés y Díaz Ordaz, esta te abraza de una forma cruel. Algo parecido pasa con la música de Canto testimonial México 68.

“Jugar la vida”, popularizada también por Amparo Ochoa, narra ese sentimiento adolescente de incomprensión que alimentaba la protesta, “eso de jugar la vida es algo que a veces duele”. Su lírica es vigente y poderosa. “En la calle yo me muerdo el corazón”, sensación de impotencia que nos carcome.

“Canción de cuna”, nos invade las entrañas con ese pesimismo posterior al 2 de octubre. Es cantada a ese recién nacido que simboliza a las generaciones futuras; le confiesa “que a través del tiempo no habrá regalos, ni amor”, le avisa que en el futuro “será un uniforme, un lema y un número más”, que tiene que “llenarle la vista con sangre” para abrírselos. “Si quieres que sea diferente tendrás que obsequiarle un bello fusil”.

En “La palabra jamás”, duerme la esperanza, ese sentimiento rojo que las balas de Díaz Ordaz no pudo matar; “Caminar sin voltear hacia atrás, porque atrás solo está, la palabra que tú, no debes pronunciar… la palabra jamás”. Nunca decir no, prohibido prohibir.

El disco, humilde, “quemado” y con una fotocopia como portada, contiene también los temas “Libertad”, “En la calle”, “Escaparé”, “Yo, una palabra”, “Bárbara”, “Cama blanca”, “Pienso que a mi pueblo”, “Venceremos” y “Volvernos a reunir”.

Si bien “la plaza amaneció barrida”, dejó una herencia musical oculta pero eterna. Guerrilla cultural como la de Judith Reyes, Violeta Parra y Víctor Jara. Como las tocadas de Oscar Chávez en la explanada de Ciudad Universitaria y la Plaza Roja de Zacatenco. Contestataria como Joan Báez, Leonard Cohen, Bob Dylan y Pete Seeger.

El disco remite a mítines, marchas y asambleas. Donde sonaban Los Nakos, Los Folkloristas, donde se cantaba “Hey Jude”. Su grabación es austera, sucia y casera. Su sonido a dificultosa guitarra de palo. Abonan a la sensación subterránea, perseguida, asesinada.

Canto testimonial México 68 fue compuesto por todos a través de la pluma de Enrique Ballesté. Es algo que vale la pena buscar, desenterrar, así tengamos que ir hasta la Plaza de las Tres Culturas para escucharlas en voz de Roberto Tello; si lo llegan a hacer, le dan un abrazo de mi parte.

Twitter: @cesarcasillas_
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