Música es música

Hay muchos prejuicios que culpan a la música de comportamientos que en realidad tienen que ver con el contexto social. Lo que sí hace la música es llenar un espacio que socialmente se encuentra vacío en las personas.

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El fin de semana fui a un evento público donde se presentarían varios artistas musicales. Al llegar me llamó la atención que la plaza donde se realizaría estaba cercada con vallas metálicas y rodeada por elementos de seguridad privada, quienes te revisaban al ingresar al lugar del concierto. La cuestión aquí es que se trataba de una plaza pública y, si el evento era gratuito, no deja de sorprender que incluso hasta una de las avenidas del primer cuadro de la ciudad haya sido cerrado, aparentemente más por seguridad que por asistencia, porque espacio aún había.

Pero esto tiene una razón de ser y una “justificación”: el artista principal era Celso Piña y su Ronda Bogotá, y si bien es cierto que el maestro Piña es reconocido internacionalmente, el prejuicio hacia su música y sus seguidores sigue vigente. A los géneros que él aborda, que son la cumbia colombiana y la música vallenata, aquí en Monterrey se les asocia con pandilleros y delincuentes, con habitantes de zonas vulnerables y conflictivas de la región. Por esta razón todo el operativo de seguridad que implementó la Universidad Autónoma de Nuevo León, por la presunción del posible público que asistiría a escuchar al “Rebelde del Acordeón”.

Claro, ellos podrían decir que fue por protocolo y que no tiene nada que ver el prejuicio, pero estoy seguro que si en lugar de Celso, el principal hubiera sido otro artista, al menos no habría elementos de seguridad con perros entrenados paseando entre los asistentes.

La música, además de muchas cosas positivas, tiene el problema de que a través de ella generan estereotipos y prejuicios. No solo ocurre con la música colombiana en una ciudad como Monterrey Nuevo León, también pasa con quienes escuchan reguetón, a quienes etiquetan de delincuentes y con poca inteligencia. El rap es asociado con pandillas y traficantes, además de criminalizar un género musical. Lo mismo que ocurría en la década de los 80 con la salsa en Colombia y otros países latinoamericanos, donde se decía que esta música era de delincuentes. Esto también ocurre hoy con la cumbia villera, oriunda de Argentina y retomada en varios países.

Si te gusta el pop, automáticamente habrá quien piense que eres “fresa” y superficial, como si todo el pop se redujera a lo que escuchamos en la radio nacional y no entendemos el origen de su nombre. Incluso hasta miedo les da a muchos la palabra pop. A quienes les gusta la música clásica se les etiqueta de intelectuales aburridos y presuntuosos, además de gente rica o que se sienten de la clase alta. Y qué decir de quienes escuchan jazz, donde también abundan las personas que presumen su gusto por este género solo para parecer interesantes.

La semana pasada comenzó a rondar la noticia de que en varios países de Latinoamérica estaban recabando firmas, y en algunos hasta están involucradas las autoridades, para que sean prohibidos los conciertos de Marduk, una banda sueca de black metal estereotipada como un grupo de “música satánica”, ya que es, según los solicitantes, un peligro para las buenas conciencias. Es decir, piensan que todos los que escuchan esa música son adoradores del Diablo y piensan que serán adoctrinados durante esos conciertos. Dentro de las ciudades donde quieren prohibir sus conciertos esta incluida Monterrey.

Estos prejuicios lo que hacen es culpar a la música de los comportamientos que en realidad tienen que ver con el contexto social en que se desenvuelve cada grupo de la sociedad. Lo que sí hace la música es llenar un espacio que socialmente se encuentra vacío en las personas.

Hace algunas semanas leía una columna del periodista colombiano Diego Londoño donde menciona lo importante que es escuchar música, no géneros musicales. Estoy más que de acuerdo con eso porque es tener prejuicios musicales innecesarios. Claro, hay que conocer los distintos géneros, esa clasificación nunca desaparecerá, pero que sea como un aspecto musical y no sobre quien lo escucha; porque, como diría el maestro Celso Piña en una frase muy de él, y que en su sencillez lleva toda la profundidad: “Música es música”.