El circo del Señor Castillo

Su carácter era alegre, imparable. Y así vendía los libros en sus librerías. A base de algarabía, gritos y bailes. Veía al negocio como una fiesta, igual que Armando Manzanero.

Por: Gabriel Contreras

alfonso castillo
Foto: UANL

Durante sus últimos años, se dedicó a viajar. Recorrió con  suprema inquietud las librerías de todo el mundo, después de dirigir por años y años la editorial que llevaba su apellido paterno.

Un yuca al cien por ciento, como los Montejo y los Leon. Alfonso Castillo fue un empresario importante, que nunca se detuvo a pensar en su imagen personal. Le interesaba más hacer negocios que hacer imagen. Quizás eso se deba a la manera en que comenzó su carrera.

Su familia vivía en la misma cuadra que la familia Manzanero, en Mérida. Manzanero estudió hasta sexto nada más, como él. Fueron compañeros de escuela. Y trabajaron juntos de niños. Manzanero era trapecista. Castillo era payaso. Eran empleados del mismo circo.

Un día, Manzanero se cayó y se golpeó en la nariz. Así que dejó el trapecio y tomó las percusiones. Después aprendió música. A Castillo también le dio por tocar. Le daba a los timbales, a la conga, y a otros tambores. Se volvió barrendero y mensajero de una editorial en el DF. Y acabó por poner su propio sello.

Su carácter era así. Alegre. Imparable. Y así vendía los libros en sus librerías. A base de algarabía, gritos y bailes. Veía al negocio como una fiesta, igual que Manzanero.

Pasaron los años, y abandonó el negocio de los libros para adoptar la profesión de viajero. La ejerció con esmero hasta morir, sin achaques y sin quejas. Se murió y ya, como muere la gente que sabe decir adiós con elegancia. Señor Castillo, un abrazo.

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