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La cronista que vivió en un baño público

J. M. Servin – Brennan pertenece a esa estirpe de artistas atormentadas por su talento y renuentes a las convenciones.

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Brennan pertenece a esa estirpe de artistas atormentadas por su talento y renuentes a las convenciones. Con elegancia despiadada y callejera heredada de Oscar Wilde y a la par de sus contemporáneos Truman Capote y Andy Warhol, llevó al límite el decadentismo de una ciudad, de una época de glamour y excesos que definieron la posmodernidad.

Por: J. M. Servín

maeve brennan
Maeve Brennan / Foto: Irish Times

A decir de Javier Marías en su entrega a El País Semanal del 25 de junio de 2017, últimamente se ha puesto de moda recuperar escritoras olvidadas para luego sobredimensionar su importancia y con ello encumbrar la mediocridad. Estoy de acuerdo, la excelencia artística no tiene sexo. Sin embargo, Maeve Brennan, no aparece en el listado. Es una excelsa cronista de la ciudad de New York que en algún momento vivió en los baños de The New Yorker, la revista donde publicó la mayor parte de sus relatos breves y acuciosos.

Brennan era una mujer guapa y sofisticada que probablemente inspiró a Truman Capote para delinear a Holly Golightly, el personaje de la novela Breakfast at Tiffany’s personificado en cine por Audrey Hepburn. Habitante de hotelillos en el bajo Manhattan, Brennan ejerció una obsesiva actividad como mirona, lo cual le permitió retratar en sus crónicas a la fauna variopinta del bajo Manhattan, sobre todo. Sorprende su infatigable travesía por el mundo pequeño de la gente de a pie, como ella misma. Fue hija de un matrimonio irlandés acomodado y conservador. El padre era un reconocido político nacionalista que pasó un tiempo preso por su labor en la lucha independentista irlandesa. Maeve nació en Dublín mientras el padre cumplía su condena. A los 17 años emigra con sus padres a Washington DC pero una vez que terminan las actividades diplomáticas del padre, el matrimonio Brennan regresa a Irlanda pero Maeve decide quedarse y se traslada a Nueva York, donde termina una carrera universitaria en Letras y pocos años después comienza a colaborar primero en Harper’s Bazaar en la sección de Modas y luego en The New Yorker bajo el seudónimo de “The long-winded lady”, algo así como “La dama parlanchina”.

Maeve fue una feminista no militante y representa a la mujer liberada, extravagante, culta e independiente de la década de los sesenta estadounidense. Lo contrario al modelo de mujer urbana y suburbana promedio retratada en Mad Men. Para ser dublinesa era demasiado neoyorkina.

Pero, ¿quién es ella? Sus columnas repletas de punzantes observaciones con un dejo de melancolía aparecen en The New Yorker entre 1954 y 1968, y no será hasta éste año cuando los editores revelen su nombre real.

 Brennan tenía una fuerte fijación por los personajes marginales y solitarios que veía deambular en las calles y hoteluchos de la “Gran Manzana”, quizá tenía algo de premonitorio, pues en algún momento ella se convirtió en una mujer desaseada, incoherente e impulsiva que durante un tiempo vivió en los baños de  la revista, luego en hoteluchos baratos y en la calle en sus últimos años. Tuvo una vida sentimental azarosa y triste: en algún momento estuvo casada con un editor de The New Yorker alcohólico y agresivo que contribuyó en mucho a trastocar la frágil estabilidad emocional de Brennan, para entonces con una fuerte adicción al cigarro, al alcohol y los barbitúricos. Fue la contraparte femenina de Joe Gould, el célebre vagabundo neoyorkino retratado magistralmente en La otra cara de Joe Gould por otra leyenda del periodismo neoyorkino: Joseph Mitchel, también colaborador de The New Yorker en los mismos años en que Maeve escribía para la revista. Debió ser un drama terrible perder la razón y caer en el completo abandono para alguien a quien “apenas y existe un aparador que no contenga algo que deseo”.

Siempre me ha parecido triste que haya quien relacione un desequilibrio mental con un talento para las artes o las letras. Se dice que fue admirada por John Updike y Alice Munro, y la comparan con la mirada de Edward Hopper en la pintura. Yo diría que es todo eso y más, Maeve Brennan contribuyó al igual que  Truman Capote y Andy Warhol con Nico, al mito de Nueva York como ciudad cosmopolita y extravagante y al paradigma de la mujer urbana sofisticada y etérea.  Definía a Manhattan como “la más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades”.  

Hoy en día es muy raro, por no decir imposible encontrar narradores que no parezcan gerentes de ventas de su propia firma. Estamos en la era del engendro de Feria Internacional del Libro. Escritores con una vida tan sosa y planificada que no cuesta trabajo adivinar por qué escriben tanto y los vemos por todos lados. Brennan como las también estadounidenses Carson McCullers y Lucia Berlin, o Elena Garro y Amparo Dávila en México, pertenecen a esa estirpe de escritoras ajenas a las convenciones. A través de una mirada chejoviana, lánguida y certera, resumida en Crónicas de Nueva York (Alfabia, 2011), la obra de Brennan simboliza el espíritu rebelde de una época donde mujeres solitarias tomaban “Martinis” en la barra de un bar, o como la heroína de Richard Yates en Vía Revolucionaria, cuidaban a sus niños en un suburbio de clase media mientras se volvían adictas a las anfetaminas. Frustradas en ambos casos.

Brennan pertenece a esa estirpe de artistas atormentadas por su talento y renuentes a las convenciones. Con elegancia despiadada y callejera heredada de Oscar Wilde y a la par de sus contemporáneos Truman Capote y Andy Warhol, llevó al límite el decadentismo de una ciudad, de una época de glamour y excesos que definieron la posmodernidad. Irreverente, Menuda y silenciosa, siempre de negro incluido el lápiz labial, con coleta de caballo que contenía su abundante cabellera, maquillaje exagerado y una rosa roja o un clavel en la solapa de sus sacos elegantes de saldo, anticipó el dandismo postpunk de la década de los 80.

Maeve Brennan muere de un ataque al corazón en una residencia en Arverne el 1 de noviembre de 1993 a los 76 años. Está enterrada en Queens, Nueva York.

La adoro y juro que algún día regresaré a Manhattan con un libro suyo bajo el brazo.