Willie en su salsa

¿Quién demonios es Willie Colón? En realidad, mucha gente no lo sabe. Porque el apogeo de Willie Colón es de otro tiempo, no del 2018, obvio. Pero, con todo y ser cosa de la nostalgia, Willie Colón es, simplemente, imponente. Veamos por qué.

Por: Gabriel Contreras

willie colón
Foto: Claudio Bustos – Flickr (Creative Commons)

Para Mónica

Venezolanos dispuestos a entregar su reino por un dancing, colombianos expertos en el desmadre del espíritu salsero, un furor de timbales y trombones que se desgañitan, y un teatro que concentra su mirada en un artista absolutamente singular, imponente, soberbio. Eso fue lo que nos dio la noche de este 14 de febrero en el Pabellón M, en Monterrey.

¿Quién demonios es Willie Colón?

En realidad, mucha gente no lo sabe. Por ejemplo, esta rubia de cintura microscópica y senos que siguen la escuela de Sabrina, ella –inocente, aunque buenona– que está a mi izquierda, ella la verdad es que no tiene puta idea, y que le dice a su novio, él más inocente todavía, convencida de su propia ceguera: “míralo, qué distinto se ve, se ve muy joven, casi ni se parece a las fotos”, refiriéndose al cantante de NG, el grupo abridor. Es cierto, mucha gente no lo conoce, mucha gente ni puta idea, porque el apogeo de Willie Colón es de otro tiempo, no del 2018, obvio. Pero, con todo y ser cosa de la nostalgia, Willie Colón es, simplemente, imponente. Veamos por qué.

Willie Colón es el máximo símbolo de una gran época del multiculturalismo neoyorkino, la música tropical y la complejidad del mestizaje afroamericano. Pensemos –por favor, nunca sobra- en un Willie Colón que cumple cincuenta años al frente de un combo tropical que tuvo todos los privilegios del liderazgo en una Nueva York que nunca fue retratada por Scorsese ni por Woody Allen. Esa Nueva York marginal que tampoco fue la predilecta de la máquina de escribir de Paul Auster, y que no podemos hallar en los cuentos de Capote ni en el cine hollywoodense (excepción hecha de West Side Story, obviamente), porque su soporte fundamental está en un montón de discos de vinyl, cintas Sony de una pulgada y viejos posters maltratados por los años. La Nueva York de Willie Colón no es la de los carritos de bagels y el neon de Broadway, ni la de los libreros y los escritores de Brooklin, tampoco goza del espíritu poderoso, cosmopolita y judío adinerado de Manhattan, sino que está armada en base a los pleitos de navajas, los rencores absurdos, los bailes estrambóticos y el sudor del universo de los negros, los ecuas, los sudacas y, en síntesis, los jodidos del Bronx: portorriqueños arribistas, boxeadores adictos a la coca y a la masturbación, cubanos eternamente resentidos con un buey cansao, panameños que se enorgullecen de que un solo Noriega haya sido perseguido por tres mil elementos del ejército norteamericano y el FBI en coordinación absoluta para sumirse para siempre en ese silencio alargado y ominoso que tienen los grandes negocios del mundo global. Y dominicanos que esperan –desesperadamente- el gran momento mundial de la bachata. Ese, claro, ese es otro Nueva York, un Nueva York de segunda, por no decir de quinta: ese es el barrio que Willie Colón representa a la perfección, el Nueva York donde alguna vez cantara su amor shakesperiano Natalie Wood (“María”) sintiéndose bonita.

Un gran cuentista

Willie Colón es, todos lo sabemos, él mismo lo sabe (“habrán notado que estoy ronquito”) un cantante de voz incipiente, débil, pero fascinante. En realidad, es un caso muy parecido al de Agustín Lara, Maurice Chevalier, Tom Jobim, Armando Manzanero y Bob Dylan. O sea, ellos no son cantantes, pero cantan y cantan muy bien sus propias cosas. Lo hacen de una manera tan única que todos pagamos –y mucho- por verlos, por oírlos, ellos son increíbles, rompen incluso con la idea, con el concepto de cantante, son grandes cantantes sin ser buenos cantantes. Porque lo que importa de ellos no es su canto, sino su cuento. Si pensamos en Willie Colón, por ejemplo, tendremos que pensar en esa mujer que le vende su belleza física al productor de TV, porque su talento está en su aspecto y no en la posibilidad de expresarse o razonar. (“No tiene talento pero muy buena moza, / tiene buen cuerpo y esa otra cosa / muy poderosa en televisión, / tiene un trasero que causa sensación. / Amó. / Al ejecutivo de arte dramático lo embrujó, / moviendo el trasero poquito a poco lo conquistó, / y así fue la estrella más destacada dentro del show ”).

Si pensamos en Willie Colón, tendremos que remitirnos a la fábula de Simón y Andrés. El cuento de ese gran macho que, paradójicamente, provoca la homosexualidad de su hijo a través de un desprecio y un rechazo disfrazados de educación ética y moral. Queriendo hacerlo hombre, lo hace mujer.

Y si pensamos en Willie Colón, tendremos que recordar que el sentimentalismo de Juan Gabriel nunca llegó a estar tan almibarado como en manos de este trombonista bigotón ataviado con lentes obscuros.

Es cierto, Willie Colón no canta, pero puta madre cómo narra. No sabe bailar, pero mezcla el espíritu de Bird con la herencia de la Sonora Matancera más y mejor que nadie. Su idioma es el mestizaje, y su virtud la adaptación a toda prueba, ese camaleónico poder de los sobrevivientes.  Ese don de arreglar la música de Silvio Rodríguez mejor de lo que pudo hacerlo Silvio Rodríguez, esa cosa inexplicable de convertir a Celia Cruz en una cantante todavía más poderosa que en los días de la Matancera.

Herencias y rencores

Este hombre es un gran músico, un magnífico orquestador, como pudimos constatarlo desde “Idilio” hasta “La murga”, pero no es un hombre generoso ni agradecido. En los días de arranque del movimiento salsero, lo llamaban “El Malo”. Y sí, yo creo que es un hombre malo.

Y digo que es malo, como puedo decir que Steve Jobs era malo, o que John McAfee es muy malo, o sea, solo en el sentido moral de la palabra. O sea, Willie Colón es un genio, pero es malo, malo porque no es capaz de mencionar al productor Jerry Masucci (Masucci y Pacheco echaron a andar el imperio Fania), pieza más que fundamental en su trayectoria, ni a la tropa de Fania All Stars, ni a Rubén Blades, ni a Soledad Bravo, ni a Celia Cruz. Vaya, en realidad Willie Colón no menciona siquiera a Miguel Matamoros, a Pérez Prado, a Ray Barreto, a la Sonora Santanera, a  Cheo Feliciano, a Tito Puente: todas esas figuras que –cada quien a su nivel y a su modo- hicieron de la música tropical mucho más que un gran templo, un universo.

Es malo, o pareciera serlo. Lo digo porque, en su visión, todo el mérito de la cosa de la salsa pareciera reducirse a la presencia de Héctor Lavoe y la suya propia. Eso algo tiene de cierto, pero también algo tiene de falso.

A New Tropic Power (Mónica, excuse me, my English is not very good-looking)

Pero no solo Willie Colón reniega de la historia de la música tropical en Estados Unidos en su relato, también lo hacen los bailadores y los desvelados de Nueva York. De manera que hoy se vive una nueva página en la música tropical en el país de Donald Trump. Hoy, las grandes producciones, los grandes espectáculos, se deciden en Miami. Por eso Marc Anthony, Jennifer López, Shakira, Ricky Martin y toda esa prole tienen su código postal en esa zona. Hoy, lo que manda es Miami, tanto en arreglos como en contratos, dejando a Nueva York sumido en una estampa de Woody Allen tocando el clarinete una noche de martes en el restaurante del Hotel Carlyle. Es un Nueva York que está –musicalmente hablando- debatiéndose entre la nostalgia y el desamparo.

Una dosis de virtuosismo

Si algo ha aprendido Willie Colón después de medio siglo de hacer música, es a olfatear el talento. Eso se hace patente cuando escuchamos la descarga enloquecida de su timbalero, que nada le pide a Tito Puente, y ese piano a la altura de Chucho Valdés, y sus solos de trombón, que brillan majestuosos, magníficos a pesar de su edad.

Willie Colón es un gran productor no solo de discos (escúchenlo al lado de Celia Cruz, por ejemplo), sino también de música en vivo. Sabe dosificar la fuerza y el protagonismo, hasta hacer de cada instrumento –incluiso el bongó- algo inolvidable.

Qué bonito hubiera sido

Realmente hubiera sido maravilloso que Willie Colón no tuviera tantos rencores adentro de sí mismo, porque nos habría deleitado con su manera personal de enfocar a Silvio Rodríguez, Chico Buarque y Antonio Carlos Jobim. Hubiera desplegado todo eso que tocó alguna vez junto a Rubén Blades (“Pedro Navaja”, por ejemplo). Toda esa música que hoy tenemos que buscar –junto a Eloy Garza, Sergio Becerra, gente así- en los bazares, en los mercaditos y entre el polvo de la calle Guerrero.

Conclusión

Sin embargo, y después de todo, algo nos viene quedando en claro: Willie Colón es, sencillamente, un gran trombonista, dueño de una voz rara pero irresistible, y el mejor arreglista de combo tropical de su generación. Es un músico extraordinario.