La culpa de todo, ¿o no?, la tiene Yoko Ono

Antes de conocerse en 1966 ella era una innovadora en el mundo del arte contemporáneo y él una de las estrellas pop más famosas del mundo. “Quizá fuimos gemelos en otra vida”, dijo alguna vez Yoko Ono. Recorremos la exposición Double Fantasy. John & Yoko que se inauguró este mes en el Museum of Liverpool.


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El primer mandamiento beatle -labrado a punta de machete en la penca de un maguey del cerro del Tepeyac- es claro: odiarás a Yoko Ono por sobre todas las cosas. Sí, odiarla. Fundamentalmente porque se le acusa de haber separado al que a la fecha sigue siendo el grupo de música pop más importante que el planeta ha visto nacer. Aunque, en el fondo, el aborrecimiento que la oriental desata entre los fans machos mexicanos de los autores de “Hey Jude” obedece al hecho de que John Lennon, aseguran, tuvo para escoger; es decir, al tronido de sus dedos pudo quedarse con cualquier mujer, pero eligió a “la más fea, prieta y chaparra”. Una bruja aberrante y berreante.

Es bien sabido que México es el país que más ama el cancionero beatle. No es exagerado decir que las de los Beatles son composiciones tan entrañadas en nuestra cultura como las rancheras. Muchos se preguntan por qué en pleno siglo XXI, estando tan cerca del Río Bravo y del fin de nuestra decrépita humanidad, una buena cantidad de aztecas sigamos escuchando temas tan cercanos al Río Mersey y a la esperanza de un mundo pleno de amor. Hay muchas hipótesis al respecto. Y por supuesto que quien esto apunta tiene una. A mí ver, The Beatles poseen una historia que en términos  caricaturescos se asemeja más de lo que a primera instancia podría creerse a la de Don Gato y su Pandilla; es decir, a la de cualquier chofer de microbús que con sus camaradas se dedica a soñar con un futuro imposible. Me explico.

John, Paul, George y Ringo fueron cuatro granujas aparentemente destinados a perder, una pandilla de rufianes sin más oficio que el del rock and roll. Eran buenos para eso, y para soñar. John era el jefe de la banda -un macho calado, un buscapleitos de fama gandalla, practicante experto de bullying– y quien llevó a la cima a sus amigos. En el camino, el hombre ganó más fama que la que Jesucristo nunca ansió y en poco tiempo el mundo estaba lamiendo los tacones de sus botas. Todo iba bien, pues, hasta que apareció esa japonesa en la foto, asomando su cabecita, poco a poco, cada vez más hasta ocupar el centro de la imagen. Y lo hizo tal cual, como muchos dicen, era: chaparra, prieta, fea. Se autodenominaba artista, pero a los ojos de la fanaticada de los de Liverpool no era más que una loca que buscaba robarle fama al ídolo de las gafas redondas, quien, apenas la conoció, se enamoró salvajemente, lo suficiente como para abandonar a su familia (es decir, a su esposa Cynthia y a su hijo Julian). Una movida incongruente con el mensaje amoroso que el cantautor se empeñaba en proyectar siempre que tenía oportunidad.

John y Yoko en Battery Park, Nueva York / Foto: Iain Macmillan (c) Yoko Ono

Contradictorio, así era John. Un ser humano más, después de todo. Para sobrevivir, desde muy joven aprendió a mostrarse como un tipo de coraza ruda, de pinta cruel; aunque por dentro fuera de lo más vulnerable e inseguro; a pesar de que bajo el pellejo su corazón fuera tan blando como los acordes de “If I fell” o el coro de “It’s only love”. Era un hombre ocultando sus lágrimas, echando baladronadas con forma de canción, tal como los charros hacen, precisamente. Un macho no debería permitir que una mujer llegase de la nada a intentar ponerse a su nivel (excepto su propia madre, claro está); sin embargo, Lennon dejó que así pasara. Y eso precisamente es lo que lastima a quienes detestan a Ono, que le haya “cortado” las garras al león. Dicen que la chaparrita aprovechó la hora del té para preparale en la tetera uno de calzón bien cargado, y que después lo embrujó y más tarde lo hipnotizó. Sandeces. La realidad es que muchos beatle-fans no han logrado aceptar que uno de los suyos, un ejemplar de los más célebres y talentosos, se haya “dejado manipular por una vieja”.  

Con todo eso en la cabeza, arribo al Museo de Liverpool, justo a las orillas del Río Mersey, donde se presenta la exposición Double Fantasy. John & Yoko. Apenas cruzo la puerta, una trabajadora del museo se me acerca y muy gentil me pregunta si he oído hablar de John y Yoko. Le contesto que sí, le agradezco la atención y continúo mi camino, pero apenas avanzo cinco pasos doy media vuelta y regreso a ella; “¿hay algo que deba saber de ellos?”, le cuestiono, y la empleada me sonríe diciendo que sí para contarme lo que todo el mundo conoce. Cuando termina, le platico que soy mexicano y le explico lo que apunté párrafos arriba, respecto al odio hacia Yoko. Para mi sorpresa, la del museo asiente todo el tiempo y al final me avisa que en Liverpool pasa exactamente lo mismo que en México. De hecho, remata advirtiéndome que si existe una ciudad plagada de machos esa es la de Liverpool. Al final, me deja algo bien definido: “Aquí tampoco quieren del todo a Yoko, pero tras visitar esta exposición muchos han cambiado de opinión”.

Luego de subir unas escaleras de caracol, en un muro leo una cronología de las vidas de John y Yoko antes de conocerse, en 1966. Hasta entonces, ahí se explica, ella era “una innovadora en el mundo del arte contemporáneo”; él, “una de las estrellas pop más famosas del mundo”. Planetas con atmósferas distintas que, según Ono, estaban predestinados a chocar para luego fundirse. “Quizá fuimos gemelos en otra vida”, sentenció ésta en 2015; mientras Lennon, en un dibujo trazado en 1969, redujo su propia existencia a dos fechas: “nació en 1960. Vivió. Conoció a Yoko en 1966”. Sin embargo, antes de toparse, los parámetros creativos de los dos artistas eran, por decir lo menos, diferentes. Por ejemplo, en 1963 Ono apuntaba una instrucción honda en una hoja de papel: “escucha el sonido de la tierra girando”; mientras tanto, John cantaba “Ask me why”. Uno balbuceba rimas; la otra poseía poesía.   

Se encontraron por vez primera en la Indica Gallery. Yoko presumía Unfinished paintings and objects exhibition, donde se encontraban piezas como Painting to hammer a nail, en la que había que martillar un clavo cada mañana dentro de un marco vacío, pegado a la pared; la obra, se advertía, estaría terminada una vez que el cuadro estuviese repleto de clavos. Ahí mismo se hallaba Apple, una manzana común que se dejaba pudrir a la vista de los asistentes para así hablar de la belleza del ciclo vital. Crecer, morir y renacer através de semillas. Al mismo tiempo, John y los Beatles decidían abandonar los escenarios con tal de concentrarse en el estudio de grabación (y en el consumo de marihuana y LSD) y pronto dar a luz una obra definitiva en la historia de la música: Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band. Para 1967, Lennon invitaría a la artista a su casa con el pretexto de que le construyera un faro en su jardín, aunque acabarían haciendo el amor hasta el amanecer.

A partir de entonces la dupla metió cuarta. El bólido de su historia de amor adquirió una velocidad vertiginosa que los llevaría a casarse en marzo de 1969. Pensaban hacerlo en París, pero finalmente volaron a Gibraltar. El suceso tuvo lugar tras ser arrestrados por posesión de drogas en 1968, el mismo año en que John se divorció de Cynthia y Yoko sufrió un aborto espontáneo. Días convulsos que pavimentarían el camino que estaban por andar juntos, al aprovechar su exposición mediática para hablar de la paz echados en camas tendidas en Amsterdam y Montreal. Para entonces, Lennon era un Jesucristo enfundado en pijama con una guitarra pegada al pecho. Y Yoko estaba a su lado, todo el tiempo, en todas partes. Así lo constata Double Fantasy. John & Yoko, en la historia que se encuentra escrita en las paredes del museo, muros blancos como las ropas que la pareja uso cuando firmó su acta de matrimonio y que, por supuesto, me detengo a analizar con calma cuando me paro frente a la vitrina que las contiene. Ahí esta la falda de Ono y el saco de John. Observando el último, no puedo más que pensar lo flaco que era su dueño entonces (claro, las drogas no acarician), y checar la marca de la prenda: Pierre Cardan.

¿Dónde guardará Yoko todo lo que de Lennon posee? ¿En dónde estará ubicada esa bodega y quién la custodia? ¿Cada cuándo Ono se pasea por ahí para indagar qué asolear y qué no? Porque para donde sea que volteé encuentro joyas. Discos por todas partes, por supuesto, pero eso es lo de menos. Por allá está la Sardonix Guitar, un instrumento excepcional usado por el de “Watching the wheels” para la grabación del Double fantasy; así como la inmensa Baby Grand Guitar, construida para la exhibición This is not here, en Syracuse, en 1971, y luego llevada a los estudios Record Plant, en Nueva York. Y ni hablar del instrumento con el que se encamó con Yoko y con el que, además, grabó “Give peace a chance”; cuando me acerco lo suficiente al objeto consigo ver la mugre que las llemas de Lennon dejaron en sus trastes. Siguiendo con la ropa, me hallo más tarde con la camisa militar que John uso durante su presentación en el Madison Square Garden en 1972, pero también con la clásica camiseta de mangas tijereteadas que el fotógrafo Bob Gruen le obsequió y que en una sesión luego inmortalizaría. Por otro lado, llama mi atención la ansiada green card expedida en 1976 tras un millar de trabas y un espejo que el inglés le regaló a Ono mientras estuvieron separados (a su reverso puede leerse una tierna dedicatoria: “to beautiful Yoko. I love you. 2/18/74).

Lentes de John y Yoko. Foto: Mark McNulty

En esa tonada, me sorprende la sinceridad con la que Yoko relata el periodo de quiebre en el que su amado se la pasó de bar en bar acompañado de un montón de borrachos (y una amante también oriental llamada May Pang) a lo largo de casi dos años: “Comencé a notarlo un poco inquieto, así que pensé que era mejor darnos un descanso. May Pang era una mujer muy inteligente y atractiva, y extremadamente eficiente. Y pensé: estarán bien”. ¿Calculadora, manipuladora, o simplemente open mind de verdad? Y el otro, ¿de plano faldillón, o comodino? ¿O nada más un auténtico Macho Alfa de Lomo Plateado? En realidad, pienso mientras ando entre pasillos, estaban mejor juntos; o sea, les iba bien estando juntos, al menos a nivel mediático. Así que en reversa camino para quedarme un rato en 1971, especialmente para recordar cuando el dúo se presentó en el Fillmore East al lado de Frank Zappa para pintar dedos medios mientras cacareaban desaforados, tras intepretar “Well (baby please don´t go)”. Y, obvio, tambien repaso cuando alcanzaron, ese mismo año, la cumbre sónica de su era como activistas políticos, con “Power to the people”.

En una esquina del museo me hallo con el Imagine Theatre, donde se proyecta constantemente el videoclip de “Imagine”, no sin antes dejar claro que John admitió que la inspiración principal para su letra vino del libro Grapefruit (firmado por Ono en 1964, y el cual ella le regaló a John en 1967). 47 años después de su edición, la National Music Publishers Association anunció que Yoko sería reconocida como co- escritora del tema (¿qué fue de ti, Paul, que pediste que por tratarse de un caso especial “Yesterday” fuera acreditada a McCartney/Lennon, en lugar de Lennon/McCartney? ¿Recuerdas que Ono te negó esa posibilidad?). En otra esquina localizo un Listening Room donde, entre mullidos cojines, es posible escuchar los albumes grabados por la pareja a partir de 1968. Sin embargo, a pesar de la comodidad aguanto poco ahí dentro; suena Season of glass, de Ono (su portada es imponente: una foto de las gafas ensangrentadas de John, tras ser acribillado en el edificio Dakota, tomada por la propia Yoko). Mejor escapo del cuarto de escucha para que frente a mí se tienda la obra White chess set: dos sillas y una mesa con un ajedrez a media partida, todo de color blanco. Y ahí me quedo unos minutos. Al lado de los muebles, un muro de vidrio me permite ver el Río Mersey con la marea baja. Afuera está nublado, parece que el frío hiere.

Me es difícil deshacerme de la imagen de los lentes con costras. Camino al centro de la exposición donde las gafas de la dupla se encuentran cara a cara, confrontadas. Las de John, aquellas de vidrios redondos que lo hicieron famoso, las que otorgaba el National Health Service y que comenzó a usar en 1967, mientras filmaba How I won the war. Las de ella, oscuras, inmensas, de mosca. Una placa cuenta que, para sus dueños, los lentes “jugaron un rol importante en sus actividades públicas”. El mundo tras los cristales. La vista desde el otro lado de la ventana. De nuevo volteo hacia el Mersey. Llevo horas dentro del museo, tuve que partir mi visita en dos días debido a lo extenso y minucioso de la expo. Estoy cansado. Mientras busco la salida, leo una  impresión de Lennon, regalada a Rolling Stone en 1980: “Veo fotos viejas mías y noto que estaba entre ser como Marlon Brando y un poeta sensible, aterciopelado y femenino. Siempre estuve entre esas dos opciones y fundamentalmente opté por el lado macho porque si mostrabas el otro rostro estabas muerto”.

“Cuando me enamoré de Yoko pensé: Dios mío, esto es distinto a todo lo que he conocido. Es otra cosa. Es más que hacer un hit, es más que cualquier cosa. Es indescifrable”. Ahí el apunte que localizo en otro muro, un extracto de una entrevista dada por Lennon a Playboy, también en 1980, poco antes de ser asesinado. Me quedo con esa sentencia y la pego en mi cabeza al lado de otra soltada por Ono cuatro años después de la muerte de su marido, ofrecida a Penthouse: “cuando lo conocí, fue el susto de mi vida. Porque se trataba de un hombre genuino, quizá más genuino que yo”. Así la verdad indescriptible. Así el miedo ante lo desconocido. Así el sentimiento desbordado. Recapacitando estos enunciados me pregunto: ¿Por qué quienes consideran a John Lennon un genio no lo bajan de imbécil cuando recuerdan que elegió a Yoko, la única mujer en la tierra que le otorgó la posibilidad de quedarse sin palabras? Porque el cantante recuperaría el habla a nivel sentimental poco a poco, claro; pero mesuraría su verbo. Tras encontrarse con Yoko casi todas sus metáforas galácticas y surrealistas se reducirían a la exploración de una sola palabra, la única que quizá importe. Amor.

Green Card de John Lennon

A la salida del museo, la dama que al llegar me recibió vuelve a abordarme. Me habla con una educación que casi me sonroja: caballero, ¿verdad que cambió su percepción de Yoko tras visitarnos? A mí me urge ir por unas pintas al mejor pub del puerto, Ye Hole in Ye Wall,  de modo que sin perder el ritmo urgido de mis zapatos alzo mis dedos índice y medio y los agito en el aire para que la mujer se ría y con su pulgar arriba me diga adiós. Como calculé dentro del museo, afuera el frío cala recio. Alejándome del puerto, a la distancia alcanzo a ver las figuras de bronce de Ringo, George, Paul y John que hace unos cuantos años fueron edificadas a orillas del agua, así que me acerco a tocar el hombro del jefe de la pandilla, un hombro helado que suelto pronto para seguir con mi camino. Me pregunto entonces cuándo se le hará una estatua a Yoko, pero de  inmediato corrijo la interrogante: más bien, ¿cómo podría mantenerse intacta dicha efigie? Porque tendría que estar resguardada día y noche por elementos de seguridad. A todas horas llegarían inconformes a intentar vandalizarla. La mujer se ha visto orillada a albergar en su diminuto cuerpo mucho odio y prejuicios, harta inseguridad masculina. Qué fuerte ha sido, sólo por eso se merece respeto y admiración. Y una estatua, sí.

Y bueno, hablaba al comienzo de este texto sobre mi hipótesis respecto a por qué a los mexicanos nos encantan tanto los Beatles. Sí, nos fascinan por sus canciones, encima de todo, naturalmente; pero también, entre muchas otras cosas, porque tuvieron cerca a Yoko. ¿O no es fabuloso poder echarle a ella, una mujer, la culpa del truene beatle, la responsabilidad del final catastrófico de una historia de éxito? Si aquella se saliera del cuadro, si Ono, esa bruja sin escoba, se borrara de la foto, habría que asumir lo que en realidad ocurrió: que las dinámicas artísticas y personales de esos cuatro se rasgaron y no hubo más remedio que aceptar el rompimiento. Pero es mejor ignorar la verdad, masturbarse diciendo que “una pinche vieja tuvo la culpa de todo”. Así, fácil y rápido: señalar y humillar a quien aparenta debilidad cuando, siendo ciertos, y su obra artística lo avala, Yoko no es más que un ser humano extraordinario, poseedor de una sensibilidad sobrecogedora.