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#Recuento – 12 álbumes (internacionales) para entender la década

Durante estos años nos propusimos redefinir casi todas las nociones humanas, que van desde la identidad sexual y el género hasta las grandes decisiones políticas. Todo ello se aprecia en este mosaico sonoro de 12 piezas en las que se refleja el modo de ser y de estar inmersos en la década que se acaba.

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Recibimos como nunca antes el acicate de la tecnología –a través de las redes sociales, principalmente- que contribuyó a propagar muchísima tensión acumulada en la gente por un origen multifactorial. Hay malestar y polarización casi en todo el mundo. Y al analizar muchos de los acontecimientos socio-políticos lo que menos priva es la cordura y el sentido común. Hay evidencias de que el delirio se ha instalado en nosotros como un siamés incómodo, aunque cada uno busca la forma de adaptarse a un entorno cada vez más incomprensible.

Es lo que hay, pero el arte no se conforma y planta batalla. Lo que asumió para tirar por delante es transformación, recomposición y explosividad. Durante estos años nos propusimos redefinir casi todas las nociones humanas, que van desde la identidad sexual y el género hasta las grandes decisiones políticas. Los efectos de la implosión afterpop han reconfigurado a la cultura en pos de esquemas y estructuras aplicables a estos tiempos de una velocidad líquida. Se extinguen las verdades absolutas y el criterio unificador; todo ello se aprecia en este mosaico sonoro de 12 piezas en las que se refleja el modo de ser y de estar inmersos en la década que se acaba.

1

Kendrick Lamar
To pimp a butterfly

Interscope/Aftermath (2015)

Una obra cumbre en la que el discurso socio-político se funde íntimamente con la parte estética. Establece una total diferencia con el resto cuando Kendrick se define como un autor y no un rapero. Con su tercer álbum, el de Compton consolidó una narrativa que fluye como un ensayo y una autobiografía sonora. Combina una severa crítica a la comunidad negra (especialmente a las estrellas del hip-hop) con un inmenso homenaje a su tradición musical a través de la presencia de un auténtico dream team que lo acompaña (de George Clinton a Thundercat). La forma es exquisita y quemante por igual, pero lo que lo encumbra es un discurso vibrante y severo. Beligerante, íntimo y creativo. Un parteaguas para la historia musical del siglo XXI (el Pulitzer ya fue un complemento).


2

Grimes
Art Angels

4AD (2015)

Si hay algún disco que sintetiza el concepto de afterpop –que actualmente nos absorbe- es este de una canadiense de talento inconmensurable. Todas las exuberantes ideas expuestas en Visions (2012) aquí se consolidan y el pop multiforme –que abarca sus vertientes asiáticas- se funde con estructuras experimentales, algunas guitarras punk y el deseo de dinamitarlo todo en la sociedad. R&B, ambiente de videojuegos y electrónica van juntas y mucho más allá de cualquier idea conservadora de modernidad.


3

Tame Impala
Lonerism

Modular (2012)

Un álbum que representa a toda una vertiente que imprimió intensidad a la década: la acometida de la psicodelia y la marcada influencia del kraut rock. Además, marcó el despliegue de Oceanía para mostrarse al resto del mundo su vitalidad musical. Al australiano Kevin Parker le gustan las baterías reverberantes y viajes de los buenos, por eso colocó al gran Dave Fridmann en la consola. Desmenuzó perfectamente los sonidos del pasado y, dándoles la vuelta, emprendió el vuelo lisérgico.


4

Rosalía
El mal querer

Sony Music (2018)

Ninguno tan polémico, tan hijo de su tiempo y lleno de posibilidades y capas de asimilación. Hay a quienes les basta con comprenderlo como la combinación de palos flamencos con la llamada música urbana o concretamente el trap, pero posee una fuerza compositiva que parte de una novela muy antigua y fortifica su narrativa. La parte instrumental, a cargo de El guincho, es rica en aristas sorprendentes y provoca el lucimiento del canto –que es fundamental en el proyecto-.  Exuberante, retador y exquisito.


5

The war on drugs
Lost in the dream

Secretly Canadian (2014)

Adam Granduciel se distanció de Kurt Vile para probar de que estaba hecho y, sin duda, lo superó. Su gran capacidad compositiva le ayudó a distinguir los elementos esenciales para cada tema y su folk rock abreva lo mismo de Dylan que de Springsteen, al tiempo que engrandece a la estirpe del singer-songwriter. A su manera, el de Filadelfia ausculta a unos años ochenta más bien campiranos y llenos de una poesía silvestre y melancólica. Al final, las grandes canciones perduran por siempre. 


6

Beach House
Bloom

4AD (2012)

El dueto de Baltimore entró en un estado de gracia que inició en Teen Dream (2010) y que aquí se consolidó como un vehículo para recorrer un territorio vaporoso de ensueño y fascinación. El dreampop destilado hasta su más pura y exquisita esencia para señalarnos que todo lo sublime es volátil e inaprensible. No puede negarse que la voz de Victoria Legrand abre una puerta hacia un reino en el que el romanticismo baila con la épica de salón.


7

Lorde
Melodrama

Republic (2017)

Debutó siendo empujada a ser la enésima redentora del pop y celebrada por figuras históricas (como Bowie). Con inteligencia, se deshizo de tal lastre para moverse a su aire. Decidió abordar la soledad, la independencia y la ruptura amorosa desde una perspectiva exclusivamente personal. Utiliza a una fiesta como reflejo de la vida contemporánea y le resulta. Lo que aparenta ser superficial es más profundo de lo que parece, y en ello Flume le ayuda musicalmente. Pop 100% expansivo.


8

The XX
I see you

Young Turks (2017)

Un elogio absoluto de los espacios y el silencio dentro de la música. Un pop electrónico que fue dejando lo oscuro para obtener otros matices a través del R&B digital y buenos sampleos. Unos jovencísimos ingleses de sensibilidad atormentada se regodean en canciones que acarician mientras nos llevan hasta los abismos del alma humana. Aquí se alejan un tanto del minimalismo que los caracterizaba, pero ganan en fuerza expresiva y diversidad estética. Hay sufrimiento, pero también mucho placer.


9

Kate Tempest
Let them eat chaos

Fiction (2016)

Con muy pocos años a cuestas y un inmenso talento, esta chica londinense se asume como una artista total; une al spoken word y la literatura entera para concebir un disco que también es una novela. Dramaturga y poeta convierte al hip-hop es un arte mayor que le sirve para plasmar lo que viven siete insomnes a las 4:18 de una madrugada en que se cierne una tormenta y ellos llevan existencias desesperadas. El arte del futuro se disfruta ahora mismo.


10

Anohni
Hopelessness

Rough Trade/Secretly Canadian (2016)

Antony Hegarty en su faceta anterior demostró su excelsa voz y su canto llegador y apesadumbrado; luego vino su cambio de género y con él una reinvención musical que agregó electrónica densa, muchas texturas y un discurso político beligerante y de altos vuelos. Se unió a Daniel Lopatin (Oneohtrix Point Never) y Hudson Mohawke para concebir un diseño sonoro sorprendente en el que la parte experimental está al servicio de la desolación y la desesperanza.


11

Arcade Fire
The Suburbs

Merge Records (2010)

El tercer álbum de los canadienses completa una serie inicial que los tenía en rozando la gloria. Sus reflexiones temáticas le valieron comparaciones con el Ok Computer de Radiohead. Lo que hay es una auscultación del desencanto en el “Modern man” y esa idea del No lugar que crece y en la que a partir de esas zonas residenciales se expande al panorama contemporáneo; los suburbios se convierten en un estado emocional en el que privan el extravío y la simulación. Ese indie rock lóbrego subió aquí de intensidad e incrementó la épica que los ha encumbrado.


12

David Bowie
Blackstar

Columbia/Sony Music (2016)

La leyenda de uno de los más grandes artistas en la historia de la música tuvo un capítulo casi final como si fuera parte de un plan maestro. David se sabía enfermó terminal y aún así trabajó en un disco que se editó 2 días antes de que abandonara este plano y se fundiera con el cosmos. Con gran sabiduría y en compañía de su leal productor Tony Visconti se decantó por el free jazz y colaboraciones como la de James Murphy para confeccionar un disco oscuro y áspero, abundante en capas interpretativas.