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No, no fueron las drogas (El rey del stoner rock en Monterrey)

Si me pidieran comparar un concer de QOTSA con algo, yo lo equiparía con una carrera de cien metros. Es un pinche sprint.

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QOTSA
QOTSA
Foto: Fede Aguilera

Si me pidieran comparar un concer de QOTSA con algo, yo lo equiparía con una carrera de cien metros. Es un pinche sprint.

Por: Carlos Velázquez

Cómo es posible que a los cuarenta años una banda te siga excitando tanto.

Existe un artículo de primera necesidad que se llama tranquilidad. Algunos lo tienen, otros no. Yo soy de los que llegó tarde a la repartición. Si a alguien le sobra, que me venda, me regale o me cambie por estampitas repetidas del álbum del Mundial. Estarán de acuerdo que no se puede estar tranqui si descubres que Queens of the Stone Age va a estar a 3 horas por carretera de tu casa.

Acababa de ver a QOTSA en el Vive Ladino y había quedado tan lampareado que quería constatar que no había sido por las drogas. Así que el viernes por la noche llegué a mi depita procedente de El Paso, Texas, mal dormí, desperté, me fui a nadar dos mil metros y a la una de la tarde ya estaba trepado en un bus con dirección hacia Pal Norte (nunca he entendido por qué le ponen un apóstrofe al nombre del festival, by the way).

Cuatro horas después arribaba a la tierra que gobierna El Bronco, con licencia del cargo, con QOTSA atronando en los audífonos. La rola era “Goodbye Yellow Brick Road”, incluida en Revamp: The songs of Elton John & Bernie Taupin. Aquí aprovecharé para aventarme un comercial. Qué tributo tan pinche le hicieron a don Elton. Coldplay, Lady Gaga, Demi Lovato, The Killers, Ed Sheeran. ¿Neta no hay nada mejor en el rock contempo? Lo chingón es que ahí figuraba QOTSA pa levantar el changarro. Las condiciones climatológicas eran distintas a las que auguraba el meme que había recibido horas antes. Una panda de hipsters patinando en lodo. El sol pegaba sabroso y no había pronóstico de lluvia.

Cómo sólo ansiaba ser testigo de la presentación de QOTSA, mi plan consistía en tomarme unas chelas con Nuestro GG, cronista no oficial de la ciudad, y después lanzarme al evento. Me bajé del bus y caminé inconscientemente por la calle Villagrán. Pasé por fuera del teibol Infinito y se me estrujó el corazón. En aquel lugar me había terminado de formar como ser humano. Hoy son sólo ruinas. Lo que queda de lo que la guerra vs el narco se llevó. Nuestro GG y yo nos tomamos unas caguamas en Las Palmas, una cantinucha que está en la esquina de su casa. A las 9:40 abordé un Uber con rumbo a Fundidora.

Los memes pronosticaban lodo pero nunca me advirtieron de lo que me topé apenas traspasar la puerta cinco. Días antes la página había presumido, creía yo que era un puro alarde, que habían vendido doscientos diez mil entradas. No era choro. Una marabunta, peor que las turbas que se forman en los Simpsons a la menor provocación, se desplazaba de un lado a otro sin descanso. Contra todo pronóstico, ocurrió lo impensable, Pal Norte ya se tragó al Vive Latino. El Vive en sus mejores ediciones tiene 85 mil asistentes por días. El Pal Norte de este año rebasó cualquier expectativa.

Pese al aperre, conseguí un buen lugar para ver a QOTSA. Me aposté a unos docequince metros del escenario chela en mano. A las 9:34 apareció la banda. El set list fue idéntico al del Vive Padrino, con un +1: “In my head” y en lugar de “Villains of circunstance”, “Burn the witch”. A ver qué se siente con condón, me dije. Sólo estaba pedo. Y no quiero adelantarme pero tengo que decirlo ya. Ofrecieron un mejor concierto que el que dieron en el Vive Latino. En parte porque además el público estaba más metido. Y sí, pueden acusarme de romantizar, pero nadie me negará que en los festivales, y sobre todo en los que albergan más de doscientos mil, muchos nomás van por el borlo, no importa quién toca. Y no es que aquella noche todos fueran fans de QOTSA, pero los que ocupaban el escenario Tecate Light se metieron a fondo, sabían de lo que se trataba.

Desde el principio la raza comenzó a aplaudir al ritmo de las rolas. Y en “No one knows” entonaron los coros como cánticos de futbol. Y Homme y sus músicos pagaron el gesto con intereses. Son unos súper atletas. Si uno que está entre el público no aguanta una rola completa brincando, imagínate estar arriba trepado ejecutándola. Y no son unos morritos. Son unos cuarentones. En anabólicos, pero cuarentones. El único descanso fue durante el solo de “No one knows”. Que tampoco duró tanto. Bendito dios que el síndrome John Bonham hace siglos que quedó atrás.

Durante “Make it with chu” se me enchinó la piel de marrano más cabrón que a cualquier chicharrón de la Ramos. “If I had a tail”, “I sat by the ocean”, la pura bailadera. “The evil has landed”, la catarsis. No me lo podía creer, que el show estuviera mejor que el del Vive. Y yo que pensaba que la banda no podía estar más arriba. Si me pidieran comparar un concer de QOTSA con algo yo lo equiparía con una carrera de cien metros. Es un pinche sprint. Que cierra con unos metros de insuperable harcore con “Little sister”, “Go with the flow” y “A song for the Deaf”. Más de nueve minutos en los que QOTSA se zangolotea como un pinche pescado vivo sobre aceite sonoro. Yo de un desgaste de energía de esa magnitud no me recupero antes de una semana.

La banda abandonó el escenario y nos dejó temblando, ateridos de rock. Para mi alivio no había sido el ácido que me había metido en el Vive, en verdad QOTSA era un pinche tsunami de música. Por alguna razón los había seguido a regioland. Salí del Fundidora. No me iba a quedar a ver a otra banda, no después de aquello. Caminé por Madero hasta la central de autobuses. A la una de la mañana me trepé a un camión con destino a Torreón. Para llegar pasaditas las cinco A.M. a mi depa. ¿Y adivinen que sonaba en mis audífonos cuando tomamos el libramiento? “Outlaw Blues” con QOTSA.