Sexo, mentiras y video

¿Qué tanto hablamos, indagamos y nos cuestionamos acerca de nuestra propia sexualidad? Ya no digamos en público sino con nosotros mismos.

Por Elena Santibáñez

Andie McDowell, una de las mujeres más hermosas que haya visto en la pantalla grande, vivió en mi memoria durante casi tres décadas en una escena que no existe en la película de Steven Soderbergh, cuyo nombre da título a este escrito. Sinteticé en mi recuerdo dos momentos de la historia y creé mi propia imagen con texto incluido la cual, no obstante, es fiel en esencia al contenido original. Me di cuenta de esto al volver a ver la cinta de 1989, cuya trama había olvidado pero siempre tuve presente gracias a una escena que inventé. Los caminos de la memoria, como los de Dios, son inescrutables.

Sabía que me había gustado y por eso quise verla de nuevo, pero al hacerlo se me reveló como si fuera la primera vez. Salvo la citada escena que a mi modo guardé, todo me resultó nuevo. Empecé por percatarme que mi primer encuentro con el filme fue en los tiempos en que el cine se disfrutaba en una sala de proyección, desde una butaca, con palomitas en una mano [en realidad a mí no me gustan, pero lo cito por ser parte de kit oficial] y Coca-Cola en la otra [elemento que sí aplica para mí en todas las pelis que vi en aquella época], generalmente en compañía de alguien. Ésta yo la vi con mi primer ex marido, que entonces aún no era ex.

El reencuentro fue auspiciado por la magia de Netflix que, aunque va y viene a mi vida desde hace unos tres años, puede considerarse mi relación más estable y permanente. No hubo acompañante ni Coca-Cola, pero pude apoltronarme en mi cama y disfrutar no sólo de la belleza de la McDowell —que ahora me pareció más deslumbrante— sino de una interesante reflexión acerca de las relaciones de pareja que, estoy segura, hace veintiocho años no alcancé a ver.

[Para mi siguiente truco que consiste en compartir mis impresiones sin contar la peli para no robar su encanto, voy a necesitar de una habilidad de malabarista para que no se me salga nada revelador y a la vez pueda maniobrar con los elementos disponibles sin dejar fuera algo relevante. También voy a requerir atención por lo que, si así lo desea, vaya por sus palomitas, su bebida burbujeante, su pozole, su torta de tamal o lo que le apetezca para acompañar la lectura, y una vez iniciada no la deje a la mitad por respeto a la máxima circense: “Cualquier interrupción puede causar la muerte del artista”.]

Anne Bishop Mullany, personaje central de la obra que nos ocupa, piensa que el sexo está sobrevalorado y no es tan necesario; Cynthia Bishop, su hermana, opina exactamente lo contrario y actúa en consecuencia; John Mullany tiene más identificación con la postura de su cuñada que con la de su esposa, pero en los hechos intenta darles la razón a ambas; y Graham Dalton, el amigo incómodo, hurga en la vida sexual de quien se lo permite, buscando las respuestas para las preguntas que no se hace. Todos mienten. Los unos a los otros y, sobre todo, a sí mismos.

Fuera de la ficción cinematográfica, parece cada vez más fácil y común hablar de sexo. El tema ha pasado de ser tabú a tendencia, y en la actualidad todos podemos agregarle más pelos que señales a nuestras opiniones acerca de la libertad sexual, la diversidad genérica, el porno al servicio de la comunidad, las chiches pa’ la banda, y todo lo que al respecto se acumule esta semana. Una persona educada no sube los codos, pero ya puede poner temas sexuales sobre la mesa. Sin embargo, ¿qué tanto hablamos, indagamos y nos cuestionamos acerca de nuestra propia sexualidad? Ya no digamos en público sino con nosotros mismos.

¿Nos gusta lo que hacemos y nos hacen? ¿Sabemos realmente qué nos gusta y qué no? ¿Estamos satisfechos? ¿Sabemos qué nos falta? ¿Podemos pedir lo que queremos? ¿Tenemos disposición para complacer y ser complacidos? ¿Conocemos nuestros límites? ¿Queremos tenerlos? ¿Sabemos ponerlos? ¿Somos capaces de innovar? ¿De romper patrones? ¿Sabemos darnos, dar y recibir placer? Éstas son algunas preguntas que podríamos plantearnos acerca de nuestro ejercicio sexual que, al ser respondidas, pueden revelarnos datos interesantes acerca de nuestra relación con el mundo, no sólo con nuestros amantes.

Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, consideraba —y por ello fue muy criticado— que el ejercicio de la sexualidad es un aspecto fundamental en la etiología del comportamiento, y aunque su visión se enfocaba más a las manifestaciones patológicas también implica los aspectos saludables. Dicho en tono de adagio popular, el planteamiento de Freud puede resumirse cómo: “Dime cómo coges y te diré quién eres”, frase que también puede sintetizar la línea argumental de la película referida, donde las prácticas sexuales de los personajes expresan sus malestares existenciales.

¿De qué depende ser bueno o no en la cama? Quizá más de nuestro orden interior que de la destreza para estimular zonas erógenas. Carl G. Jung, discípulo de Freud, entró en discusión con su maestro al afirmar que la libido no sólo es energía sexual sino energía en general, un motor cuya potencia no se traduce exclusivamente en deseo carnal sino en un impulso vital mucho más amplio. En esta óptica, la práctica sexual puede convertirse en una red que busca peces más grandes que un orgasmo, porque quizá no es satisfacción sexual lo que buscamos en el sexo —aunque suene contradictorio— sino el pago de una deuda emocional, un resarcimiento de algo que nos falta, un logro que no alcanzamos en otro ámbito de nuestra vida. Visto así, no habrá venida que nos llegue al precio.

Es un hecho recurrente que en nuestra vida de pareja esperamos que el otro nos complete, nos haga felices, le dé sentido a nuestra vida. El sexo por supuesto es parte de ese combo de demandas imposibles de cumplir, no porque la completitud, la felicidad, la razón de vivir o la sexualidad plena no existan, sino porque difícilmente otra persona podrá darnos lo que nosotros no nos damos en primera instancia. Como dice Anne Bishop Mullany, el sexo está sobrevalorado, pero no porque su importancia sea menor sino porque se le llena de expectativas más allá de su alcance. En cierto modo, el sexo es como el dinero: aunque tengamos mucho, hay cosas que no vamos a obtener con él.