Lo demás es lo de menos

La televisión ni progresa ni deja de progresar. Vive su propio limbo. Pero a veces se parodia a sí misma, y nos muestra cómo la rutina es superada por la rutina.

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La televisión es una maquinaria que opera a base de fórmulas. No hay progreso ni decadencia. Es lo que es. Punto.

Desde su surgimiento hasta hoy, la televisión se ha constituido como una de las mejores máquinas de vender. Su funcionamiento, sabemos, está basado en unas cuantas ideas bastante sencillas, que se prestan a numerosas variantes, que acaban luego por ser organizadas bajo el término de programación. Esto aquí, aquello allá, y rápido que siempre hay prisa.

Así, a través de esos predecibles formatos, la televisión ha fascinado a varias generaciones, convirtiendo el tiempo de ocio en tiempo de diversión, y al tiempo de diversión en tiempo de ocio.

La tele ni progresa ni deja de progresar. Vive su propio limbo. Hace muchos años es lo mismo o más o menos lo mismo.

Y aunque carece de rompimientos y revelaciones, a veces la televisión se parodia a sí misma, y nos muestra cómo la rutina es superada por la rutina misma.

Así ocurrió en 2016 en una de las emisiones del Show de Jimmy Fallon. Allí, Will Smith fue recibido con ovaciones y gritos de entusiasmo, tal y como debe de ocurrir en un estudio de televisión.

Pero el estruendo no fue suficiente. Will Smith pidió una segunda oportunidad, para intentar que las ovaciones fueran todavía más impactantes.

Y en su segunda oportunidad, Will Smith apareció mostrando que todo aplauso es superior a otros aplausos, pero inferior a una tercera rafaga de aplausos.

Y como nada es suficiente y todo es superable, Will Smith buscó la manera de obtener una tercera oportunidad, para ganarse esta vez una ovación todavía más intensa que la primera y la segunda.

De esa manera, quedó plenamente demostrado que lo que menos importa en la televisión es el contenido, y lo único verdaderamente valioso y considerable es la aprobación del público. Es decir: su docilidad y, obvio, su estupidez.

En la television, el público es un títere del conductor, el canal y la estrella. Pero sobre todo un títere del dinero, porque lo único que importa es el aplauso, ya que ésta es la garantía indudable e infalible de la diversión.

Y la diversión es lo único a lo que aspira la televisión. Si genera dinero. Punto.

El mensaje es el vacío. Mientras el público aplauda, lo demás es lo de menos. Así las cosas.