ya no más canciones de amor

«Ya no más canciones de amor»: no busquen demasiada trama

En su novela, Juan Carlos Hidalgo se las arregló para colarse entre las costillas de un músico que charla consigo mismo sin guardarse casi nada.

A partir de los treinta, cada década cumplida en el plano terrestre se aproxima con el miedo (quizá natural, tal vez aprendido) de que una nueva crisis está por venir. No hay falla, alrededor de los cuarenta sucede; y cuando los cincuenta se avecinan, igual. Se reafirman las preguntas universales, los cuestionamientos filosóficos que nos hacen dar vueltas en la cama mientras el reloj avanza. Se termina asumiendo que es inútil rastrear certezas, que lo mejor es encender el celular, evadir preguntas y buscar risas en el catálogo de memes que la red ofrece. 

Se supone que en esa era, la de los sin cuenta, hay que tener al menos un par de hijos, una esposa fiel y comprensiva, un gato y un perro, un jardín, fines de semana con los abuelos en el campo y vacaciones en la playa con los compadres. Auto, seguro social, TV de paga, una muchacha que ayude con la limpieza cada tercer día. ¿Deudas? Sí, unas cuantas, pero nada escandaloso. Lo básico, ya se sabe; se le pide prestado al banco de pronto; para finiquitar alguna colegiatura, arreglar cierto problema dental o aquella falla en la tubería. ¿Y el testamento? Claro, cómo olvidarlo, hay que tenerlo listo, a la mano. Uno nunca sabe cuándo llega la hora y eso de heredar problemas está mal visto.  

Los cincuenta. El quinto piso. Para entonces, las rimas que calan y las tonadas que rajan quedaron atrás. Son recuerdos bachilleres, anécdotas universitarias. Ecos de un tiempo al que se recurre mentalmente por sesenta segundos, mientras una canción resuena casualmente, a lo lejos, en el centro comercial, o mientras se viaja en el coche y los niños van dando lata en el asiento trasero. Todo esto a menos que uno sea músico, o peor: periodista o escritor (que para fines económicos vienen siendo lo mismo). Porque entonces estamos hablando de otra cosa: de seres atormentados que en los compases encuentran alivio a cualquier dolencia.

En realidad, los músicos y quienes escriben se parecen más de lo que podría creerse. Refiriéndose exclusivamente a periodistas musicales y creadores de música pop, resulta evidente que comparten rasgos que por momentos los hacen parecer hermanos gemelos. Juan Carlos Hidalgo da cuenta de ello, cabalmente, en Ya no más canciones de amor, pues se las arregló para colarse entre las costillas de un músico para, luego de hurgar sin miramientos, salir con las casi 300 páginas que integran la obra. 

Los cincuenta. El quinto piso. Para entonces, las rimas que calan y las tonadas que rajan quedaron atrás. Son recuerdos bachilleres, anécdotas universitarias. (…) Todo esto a menos que uno sea músico, o peor: periodista o escritor.

Podría decirse que la tuvo fácil. Hidalgo. Que con los años que lleva ejerciendo el periodismo musical –de manera rigurosa y seria, hay que subrayar, como cada vez menos ocurre en estos solares baldíos, como Rockdrigo contara- no tuvo más que recolectar impresiones y así darle forma al personaje que en su novela se desgaja al borde del medio siglo de vida, allá, en España. Porque, vaya, además se sabe de la fascinación que Juan Carlos siente por las tierras ibéricas y la música que de ellas mana. Sin embargo, el autor se queda lejos del amontonamiento de datos, de la colección alfabética de sensaciones. 

Hidalgo amasó un personaje que termina volviéndose entrañable porque, más allá del glamour propio que los músicos presumen cuando ante la prensa se hallan, encontramos a alguien que charla consigo mismo sin guardarse casi nada. Estamos ante los apuntes de un tipo con miedos y prejuicios, con vicios y filias. Un ser humano que se sabe especial al poseer un don regalado por quién sabe quién, pero que también entiende que su pasión por Ultravox, por ejemplo, en buena medida lo tiene dónde está: lejos de todos esos placeres basados en las posesiones que al comenzar este texto enumeré.

En cierto momento el lector se pregunta si Juan Carlos, como hiciera uno de los personajes de Nick Hornby en alguna de sus obras, se las ingenió para entrar a hurtadillas en la casa de algún músico, robarle su diario y luego trascribirlo sin pena. Pero no, el colmillo de Hidalgo no fue usado para hurtar, sino para interpretar, interpretar horas y horas de las múltiples charlas que ha sostenido con músicos de la más variada laya, lo mismo en conferencias de prensa y oficinas de sellos disqueros que en calles, antros y cantinas, cuartos de hotel y afters de los salvajes; esos de los que únicamente salen enteros, sí, los de dientes picudos.

Pero más allá de eso, acá hay hartas horas frente al tocadiscos. Y de eso, en estos tiempos regidos por las bondades de Spotify, hay mucho por aprender. Por ejemplo, en el corazón de la novela, Juan Carlos toma las palabras del inmenso Stephin Merritt, a la hora en que el cumpleaños del protagonista se asoma como un hecho inaplazable y las crisis lo acechan. Y uno lee con calma, suspirando hondo, rimando, asintiendo, pensando en cuánto de biográfico tiene este trabajo, en cuánto del autor con residencia en Pachuca hay en ese tipo que vive en Cataluña y se desvive en sus sueños estilo new romantic. 

¿Cuánto podemos descubrir de nosotros mismos leyendo Ya no más canciones de amor?, ¿qué tan hondo es posible andar con todas nuestras crisis a cuestas, sin que importe la edad que tengamos? “No busquen demasiada trama”, cuenta el cantante de los Magnetic Fields en las hojas de este libro de tonos violeta y rosa. Y así lo solicita porque prefiere hablar de “amor y música”. Ya no más canciones de amor es, paradójicamente, justo eso: un libro de amor, de mucho amor y de mucha música. Un texto donde, y se trata de uno de sus principales atributos, hay que puntualizar, la trama es lo de menos. ¿Por qué? ¿Cómo que por qué? Pues porque “así es la vida”, como bien sentencia Stephin a través de Juan Carlos, en la página 113.  


Ya no más canciones de amor
Juan Carlos Hidalgo
Editorial Gato Blanco, 2019