El portero del Clásico

Cada quince días íbamos al Estadio Universitario. Cómo formábamos parte de la escuela de futbol de los Tigres, teníamos entrada gratuita acompañados de un adulto. Eso sí, había que ir con el uniforme porque al medio tiempo nos metían a jugar a la cancha mientras los jugadores profesionales iban al vestidor.

Por: Homero Ontiveros

portero
Foto: Simon Clancy – Flickr (Creative Commons)

Mi primer acercamiento con el futbol no fue en la escuela ni tampoco en algún equipo infantil sino en la calle; ahí en la cuadra donde vivía de niño. Como se trataba de una colonia nueva, los matrimonios también eran jóvenes y eso hacía que la mayoría de los niños que allí vivíamos tuviéramos edades similares.

Nuestra portería eran dos piedras acomodadas horizontalmente y medíamos la distancia entre una piedra y la otra con pasos, así teníamos la certeza de que ambos arcos imaginarios eran iguales. El balón nunca salía, pues nuestro campo de juego ocupaba la calle y la banqueta. El reglamento solo incluía no meter las manos, fuera de eso todo estaba permitido, incluyendo la figura del portero ambulante, que era aquel que jugaba como guardameta, pero también podía salir más adelante como si se tratara de un medio o delantero.

En realidad esta posición existía porque nadie quería ser portero. Les aburría estar parados entre las dos piedras esperando a que el balón llegara mientras los demás, como si se tratara de una parvada de aves que vuela de un lado a otro, se disputaban la pelota y las patadas al aire.

Pero yo sí quería ser portero, a mi sí me gustaba ver cómo el balón cambiaba de dirección, estar atento a cuando se acercara y buscar ubicarme en el mejor ángulo para “achicar” la jugada. Cuando hacían la selección de jugadores de cada equipo, mis amigos ya sabían que yo, con quien tocara, sería el portero, lo cual evitaba el problema del otro equipo en el que nadie se quería quedar en la portería. Era feliz raspándome contra el concreto, aunque eso significara el regaño de mi mamá al regresar con el pantalón roto o con las rodillas lastimadas. Después de un tiempo se acostumbró y ya tenía la ropa con la que podía salir a “porterear” en la calle, ropa que tenía infinidad de cicatrices y, a mi corta edad, las veía como horas de vuelo.

Porque ser portero de eso se trata, de volar buscando que la pelota no cruce el umbral. Son precisamente los lances o vuelos lo que más se le reconoce a un guardameta además de los reflejos, y a mi me encantaba ver las repeticiones de los juegos de futbol para ver cómo los porteros volaban. Tenía mis favoritos, y entre ellos Olaf Heredia, mi segundo ídolo porque el primero fue “Firo”, un vecino mayor que nosotros quien ya jugaba en la tercera división. Él fue quien me enseñó los primeros lances, cómo había que caer, cómo atacar el balón, cómo salir en un tiro de esquina y sobre todo, cómo usar las manos y brazos para que el balón no se te escapara. Gracias a él tuve mis primeros guantes profesionales con palma de esponja y me quedaban gigantes, eran usados, pero traían el símbolo de la media luna, igual que los de Olaf, mi otro ídolo.

Un día Firo habló con algunos de nosotros, nos dijo que se iría a vivir a otra colonia con su futura esposa, lo cual significaba que ya no me entrenaría ni nos llevaría al parque a jugar. Ese día fue triste, desanimado. De todos modos, salimos a jugar pero no era lo mismo, sabíamos que algo cambiaba y por primera vez sentí ese vació que deja alguien que sale de tu vida. Sin embargo, ya había aprendido a volar y era necesario seguir desplegando las alas, así llegue a la Escuela de Futbol de los Tigres.

Para entrar tenías que hacer una prueba donde algunos entrenadores observaban cómo jugabas, luego te asignaban un equipo de acuerdo a tu edad y, aunque no lo dijeran, a tu nivel de juego. Fui aceptado y con ello la nueva tarea de mi madre: llevarme dos días a la semana a entrenar a los campos de Odontología de la UANL y el fin de semana a jugar en los partidos de la liga infantil donde se había inscrito el equipo en el que quedé.

Era feliz entrenando, me gustaba sentir el golpe del balón en mis manos, estirarme lo más que podía en el aire para atajar el tiro del otro, caer y revolcarme en la tierra para amortiguar la caída, enfrentar uno a uno al delantero y quitarle el balón del pie, sentir que la última responsabilidad caía en mi. Me gustaba observarlo todo desde atrás, leer las jugadas y sentir que era el guardia de nuestra victoria y nuestra felicidad. Si el balón no entraba, no perdíamos. Además, a los únicos a los que festejan durante un partido es a quien anota el gol y al portero que detuvo la pelota cuando parecía ir hacia adentro. Pero es a este último sobre quien recae el peso más grande del juego: que el balón no entre.

Yo sí quería ser portero, a mi sí me gustaba ver cómo el balón cambiaba de dirección, estar atento a cuando se acercara y buscar ubicarme en el mejor ángulo para “achicar” la jugada.

Cada quince días íbamos al Estadio Universitario. Cómo formábamos parte de la escuela de futbol de esta institución, teníamos entrada gratuita acompañados de un adulto. Eso sí, había que ir con el uniforme porque al medio tiempo nos metían a jugar a la cancha mientras los jugadores profesionales iban al vestidor. En una ocasión me tocó jugar a la mitad de un clásico Tigres vs Rayados. El estadio estaba a reventar y como aún no existían las activaciones de entretenimiento que hacen hoy en día, nos metieron a jugar.

Mi uniforme de portero era blanco, tanto la camisa como el short, y traía al frente las letras en azul oscuro de la escuela, del equipo y de la UANL. En cuanto me puse bajo los tres palos me sentí diminuto: la portería me quedaba enorme y aún no estaba consciente de la cantidad de gente que ahí había. Ya no era la calle ni el campo en el llano, sino un estadio lleno con dos de las aficiones más apasionadas del país.

Comenzó el juego de nosotros -siempre jugábamos entre los mismos equipos de la escuela- y de pronto se me borró el resto del estadio, estaba concentrado al movimiento del juego y las direcciones que tomaba el balón. No escuchaba nada mas que a quienes estábamos en la cancha, era como si jugáramos solos hasta que el silbato del árbitro sonó marcando penal en contra nuestra. Desperté, salí de una especie de trance y no solo escuché al silbante, sino también al público que llenaba el estadio, a los otros niños que jugaban, al entrenador, a los que gritaban en las tribunas y sentía que todos me hablaban a mi.

Como una cámara que hace zoom para centrar la atención en algo, así me sentí. Yo era ese algo que se sentía bastante pequeño con toda la atención encima gritándole “no dejes entrar ese balón”. Yo era la última esperanza de mi equipo para no salir de la cancha perdiendo.

El jugador contrario tomó distancia, yo me detuve a mitad de la portería, ligeramente encorvado hacia adelante, brazos abiertos y con los ojos puestos entre el balón y el pateador. No sabía si el estadio guardaba silencio o había regresado a mi trance personal. El silbato del árbitro y el jugador que corre hacia el centro penal, abro más mis brazos como Cristo esperando castigo. El pateador ya no observa la portería sino la pelota, veo cómo se muerde los labios y centra su fuerza en el pie de apoyo, es hora de volar. Me lanzo hacia mi lado derecho, todo pasa en cámara lenta, veo el rumbo del balón y sin pensarlo, como un acto reflejo, mi pie izquierdo se convierte en un brazo más que se estira para chocar contra el balón, es un tiro fuerte, duele, pero no pasa. El cadenero destino ha dicho que no entra. El estadio ruge, es una algarabía de aplausos y una sola voz gigante que grita emoción. Puedo escuchar el golpe de mi cuerpo al caer en el pasto, no observo nada claro aún, todo está desenfocado, pero ya me siento feliz, no me veo, pero sé que sonrío.

Entonces cada elemento regresa a su lugar, la escena toma forma y el cuadro se esclarece: el balón rebotó en mi pierna, pero sigue botando al azar sobre el pasto. La sangre fría, el sudor helado, la sorpresa: el pateador viene enfilado y ahora sonríe. Si la primera vez no entró, en el remate sí lo hizo y el gol se concretó. Silbatazo final, el juego terminó.

A pesar de haber recibido el gol, el ambiente y la emoción eran positivos. No hubo ningún reclamo sino todo lo contrario. Al terminar el clásico, todos los padres iban y me felicitaban, luego saludaban a mi papá y mi abuelo, además de mi tío, quienes no podían ocultar su cara de orgullo. Yo tampoco, pues había sido la figura de ese juego donde, si bien es cierto que no pude evitar el gol, el estadio lleno fue testigo de cuando detuve un penalti en el medio tiempo de un clásico regiomontano. Ese día volé alto y sin miedo al vértigo, pero entendí que el principio del vuelo había sido aquellas dos piedras en la calle simulando una portería.

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