Relato del duende

El arte del Cigala no se mide por su voz o su talento, sino por lo que los flamencos llaman “duende”. Su traducción más aproximada sería sentimiento, estilo vivo o alma. Y los asuntos del alma no se explican; se narran. Aquí una anécdota de su gira por Argentina durante la grabación de Cigala & Tango en 2010.

Por Leonardo Tarifeño

cigala
Foto: Ajuntament de Vilanova i la Geltrú – Flickr (Creative Commons)

Mientras una multitud emocionada se levantaba de sus asientos para aplaudir de pie al gran cantaor Diego el Cigala, yo sabía, escondido detrás del escenario, que la verdadera historia de esa noche me la iba a tener que callar. Y la callé. Hasta ahora, que ya aprendí a reconocer el valor del silencio y el de saber cuándo y por qué hablar.

En el frío de esa noche late uno de mis grandes fracasos. Hoy me atrevo a mostrarlo, con la esperanza de que la potencia del relato oculte el error que decidí cometer. La experiencia es la única escuela en la que se aprueba a fuerza de equivocaciones. Y en el camino a toda narración siempre hay pasos en falso. Quiero pensar que el fallo de entonces se justifica en la franqueza de esta crónica. Como si contar un fracaso fuera la mejor manera de conjurarlo.

Todo esto ocurrió entre marzo y mayo de 2010, cuando a finales del verano argentino Diego el Cigala llegó a Buenos Aires para grabar en vivo un disco de tangos. Yo conocía a Diego, sobre todo, por su extraordinario Lágrimas negras, en el que junto con el pianista cubano Bebo Valdés había mezclado el embrujo gitano con el romanticismo del bolero. Su interés por el tango parecía reproducir el molde de esa unión, esta vez con otra de las grandes tradiciones de la música latinoamericana. Para cruzar la métrica rioplatense con la cadencia flamenca, él y sus músicos ensayaban en una vieja mansión de Olivos en la que Diego se había instalado con su mujer, su hijo Rafael, su roadie Janette y un par de amigos y productores. La tarde que aparecí por esa casa, mientras me acercaba, desde el jardín escuché que el vuelo de su voz entonaba unos versos sentidos y, quizás, proféticos.

“¡Qué ganas de llorar
en esta tarde gris!
En su repiquetear
la lluvia habla de ti…”

Efectivamente, la tarde era gris y anunciaba lluvia. Pero las lágrimas no me saltarían ese día, sino unos cuantos después, el del debut del grupo en el Teatro San Martín de Córdoba. De camino al ensayo, guiado por la espigada Janette, yo aún era incapaz de intuir siquiera lo que durante aquella noche cordobesa pasaría por mi mente, a un lado del escenario, aferrado a los pliegues del telón de terciopelo rojo. En la casa de Olivos, el día de mi arribo al Planeta Cigala, la noche del debut todavía era un fantasma cierto pero distante, una inevitable cita con el destino en la que convenía no pensar. Sentado en el living donde esperaba ingresar a la usina musical en la que dos grandes culturas se fusionaban, sólo escuché hablar de la tormenta inminente, del vino tinto que al rato traería Andrés Calamaro y de la última propuesta laboral que había recibido Diego: ponerle voz al personaje de Buzz Lightyear en un par de escenas de Toy Story 3. A una seña de Janette, dejé el living y entré al cuarto en el que el bandoneonista Néstor Marconi, el pianista catalán Jaime Calabuch, el guitarrista Diego “el Morao” y el contrabajista cubano Yelsy Heredia se unían bajo los acordes de “Tomo y obligo”. En el medio, vestido con una camisa blanca y un pantalón Adidas verde, Diego no paraba de reírse y hacer bromas, sentado en un banco alto que no contenía su entusiasmo.

“Tomo y obligo, mándese un trago
de las mujeres mejor no hay que hablar
todas, amigo, dan muy mal pago
y hoy mi experiencia lo puede afirmar.
Siga un consejo, no se enamore,
y si una vuelta le toca hocicar,
fuerza, canejo, sufra y no llore
que un hombre macho no debe llorar”

“¿No estamos muy rápidos?”, preguntó Marconi, e impuso una pausa para discutir los ritmos y fraseos que acababan de tocar. A la derecha del bandoneonista y líder del grupo, Diego se levantó de un salto, volvió a sentarse, abrazó al Morao, regresó al banco y soltó un “¡qué ganas de llorar!” aflamencado con el que hizo reír a todos. “El tango tiene tanta letra, tanta letra, que en algún momento la voy a cagar”, le confesó al Morao, y al notar que había un intruso se acercó y me dio la bienvenida con una sencillez que me tomó por sorpresa. Para ser una figura monumental del cante en particular y de la música hispanoamericana en general, revelaba una humildad y simpatía que no abunda entre los artistas de su dimensión. De hecho, apenas diez minutos después de conocernos me llevó a una barra improvisada en el medio de la casa y comenzó a hablar de sus temores. Dijo que el tango lo remontaba a su infancia, porque su padre, cantaor también, había estado de gira en Argentina y de regreso al hogar cantaba “Sus ojos se cerraron” y “El día que me quieras”, melodías que hasta la fecha lo traen a su memoria. “Yo era un chaval y no sabía lo que quería –prosiguió-. Hasta que un fin de año vi cantar a mi tío, Rafael Farina, todo vestido de blanco y con ese porte tan suyo, maravilloso. Como un sueño o una aparición. Una semana después llegó el día de Reyes y ¿sabes que les pedí? Ser como él, para poder cantar las canciones que le escuchaba a mi padre. Y aquí estoy ahora. ¡Con el deseo cumplido!”.

Al Cigala locuaz y divertido que había visto con los demás miembros del grupo se sumaba este Diego íntimo y receloso, no del todo seguro de estar a la altura del abolengo familiar. Como yo recién lo conocía, no sabía cuál de los dos era el auténtico. ¿O lo serían ambos? Antes de que pudiera averigüarlo, me bautizó como “Maestrito” y me preguntó si no quería quedarme a cenar. Su mujer, Amparo, iba a cocinar lentejas, y luego podíamos jugar un Mundial en la Play con su hijo Rafael. “¿Cómo te cae Calamaro, Maestrito? Debe estar por llegar. ¿Ya has visto la cara que pone en sus fotos? ¡Tuerce la boca, como si fuera el Mick Jagger! ¿No es muy gracioso? ¡Yo lo adoro, es mi compare!”, me dijo, de nuevo rumbo a los gozosos martirios del ensayo. Y antes de que la pesada puerta de la sala se cerrara, volví a escuchar su “¡qué ganas de llorar!”, que convertiría en el grito de guerra de toda la gira.

Esa tarde llovió como hacía mucho no llovía en Buenos Aires. La tormenta duró horas, el granizo hizo estragos y la ciudad se inundó. Yo me quedé atrapado en la casa de Olivos, comí las lentejas y en primera fila admiré los cinco goles que Rafael, de cuatro años, le marcó a su padre en la Play. “Esto no puede ser, tío –se quejaba el artista- ¡pero te aseguro que cinco goles sólo me hace mi hijo!”. Durante el partido, Diego contó que la noche anterior había visto más de diez videos de Miles Davis en Youtube, y se reía de los reclamos con los que Amparo le pedía que hiciera algo más productivo o, por lo menos, saludable. “¿Pero, mujé, por qué no entiendes que esto también es deporte? ¿O no ves que así se practica la agilidad mental?”, argumentó él, segundos antes de recibir el cuarto gol. Yo ya sospechaba que el Cigala nunca me iba a conceder una entrevista formal, y empezaba a descubrir que todo lo que veía era mucho más relevante y significativo que un ratito de plática a solas. Así que, desde esa noche, me uní al grupo y conviví con Diego, los músicos y el resto de la crew durante varias semanas, para escribir la crónica del tour. Si no me corrían, los acompañaría a lo largo de toda la gira, desde el primer show en Córdoba hasta el último en el teatro Gran Rex de Buenos Aires, escenario de la grabación en vivo del disco Cigala & Tango.

La crónica que escribí se llama “Cuando el flamenco canta el tango” y apareció el sábado 8 de mayo de 2010 en el diario argentino La Nación. El texto no desentona con gran parte de lo que vi y viví, pero para mí representa un fracaso porque, creo, no cuenta justo aquello que debería haber contado. Lo supe entonces y lo reconozco ahora, ya decidido a explorar las razones del error. En aquel momento me pareció que mi trabajo no incluía airear los mundos privados de los protagonistas, convencido de que la revelación pública de la intimidad no era del todo pertinente. Hoy advierto que mi compromiso no debía ser con el secreto, sino con lo que el secreto permite ver. Al mago no hay que revelarle los trucos, pero mostrar cómo transforma la magia en arte puede asombrar tanto o más que la actuación sobre el escenario. A esta conclusión llego ahora, años después de aquella gira, porque ya sé que el arte del Cigala no se mide por su voz o su talento, sino por lo que los flamencos llaman “duende”. Su traducción más aproximada sería sentimiento, estilo vivo o alma. Y los asuntos del alma no se explican; se narran.

La historia que no conté y debí haber contado empezó en el hotel cordobés Interplaza, un par de horas antes de subirnos a la camioneta que nos transportaría al teatro San Martín. Era la noche de la primera presentación ante el público de lo que se había ensayado durante semanas en Olivos y todos los que integrábamos la troupe flamenco-tanguera nos sentíamos bastante inquietos. Yo me pasé un rato en el cuarto de Janette, quien por alguna razón me contó detalles de la época en la que había sido novia de Nick Cave (“¡llegó a mandarme cartas escritas con sangre!”); luego, a sabiendas de que tendría un buen vino escondido en algún lado, toqué la puerta en la habitación de Calamaro. Cuando entré, lo primero que noté fue el insólito cargamento de tequilas que Andrés acomodaba a un lado de la cama; luego vi a Diego, o mejor dicho, a un Diego desencajado que no había visto nunca. “Que me dice Juanjo que si puedo invitar a su esposa al escenario a cantar con nosotros -le confiaba a Calamaro-. ¿Y yo qué le puedo decir? Esta noche no, esta noche es otra cosa. Eso le dije. Pero siento que el tío se ha cabreao. Y yo no quiero que esté cabreao, no estamos aquí para eso, con lo que nos ha costado todo. ¿Por qué me dijo esto justo ahora? ¿No me lo podría haber pedido antes?”. A Diego yo lo había visto preocupado, vulnerable o melancólico, pero nunca tan molesto. Andrés le dijo que el pedido del guitarrista no era tan grave, ofreció un par de tequilas y le aseguró que con su negativa había hecho bien. Ese concierto era un ensayo general, una preparación para la gran noche del Gran Rex, y todos los miembros del grupo debían entenderlo así. Pero, ¿y si Juanjo se enojaba por el desplante a su esposa, y decidía irse? Aún restaban tres presentaciones antes de la grabación en vivo, en Buenos Aires. Faltaban muchos ensayos, muchos viajes, mucha convivencia. ¿Realmente el Cigala había tomado la mejor decisión?

Cuando nos quedamos a solas, le dije a Andrés que yo tenía mis dudas. No costaba nada subir a la mujer de Juanjo al escenario, y si había algún lugar y momento propicio para lo inesperado ese era ahora, al inicio del tour, cuando todavía podían hacerse ajustes. Si el ego de Juanjo quedaba herido, la gira podía tomar un rumbo difícil para todos. Andrés no quiso explayarse, aunque me dio a entender que lo importante a horas del show era hacerle caso a Diego y no sumar sorpresas a lo que debía transcurrir con la mayor calma posible. Después de brindar con tequila, bajé al lobby. En un costado, el bajista Yelsy le aseguraba al pianista que Marconi había quitado sus partes solistas, esas que tanto le costaban. Jaime no podía creer lo que escuchaba, hasta que la carcajada general le demostró que todo era una broma. El ambiente era tenso pero amable, y a mí me pareció que siguió así cuando Juanjo llegó de la mano de su esposa. Al verlo, Diego piropeó su camisa floreada y huyó hacia el teléfono de la conserjería, para pedirle a Calamaro que bajara de una buena vez. Por lo que había escuchado, yo sabía que las cosas no estaban del todo bien entre Juanjo y el Cigala. Disimulaban, eso sí, pero una cosa era hacerlo en el lobby de un hotel y otra ante cientos de personas. Y la segunda canción del concierto era ni más ni menos que la simbólica “Los hermanos”, en la que Diego debía cantar “yo tengo tantos hermanos / que no los puedo contar” en un mano a mano con Juanjo, sin el resto del grupo.

En la camioneta, Rafael entonó el clásico “Las cuarenta” sin errar ni un solo verso. Aunque tuviera “tanta letra, tanta letra”, a sus cuatro años el tango no tenía secretos para él. “Hala, niño, ¡que me vas a quitar el curro! –le gritó su padre, a un lado del conductor-. ¡Por lo menos espérate un poco, todavía no!”. En el pasillo de los camerinos vi al Cigala con el Morao, a Calamaro con su novia, y a Amparo, sola, que planchaba la camisa que usaría Diego. “La primera vez que lo vi en vivo, con Niño Josele, sentí que tenían el mismo poderío que los Rolling Stones”, me dijo Andrés, mientras me colocaba unos audífonos rebeldes. A mí la comparación con los Stones no me tranquilizaba porque sentía que la frialdad que había caído entre Diego y Juanjo podía saltar a la vista en pleno show. Con los audífonos ajustados, me ubiqué en el rincón derecho del escenario, escondido por los pliegues del telón de terciopelo rojo. El primero en enfrentar al público fue Néstor Marconi; apenas acomodó su bandoneón, apareció el Cigala. Los aplausos exhibían un cariño popular innegable y espontáneo, una bienvenida emocionante a quien se había empeñado en homenajear la música que constituye la educación sentimental de todo un país. Bajo la tibieza de los reflectores, Marconi y Diego interpretaron la versión más entrañable que les escuché de “Garganta con arena”, tango cuyo autor, Cacho Castaña, escribió para la voz de una mujer.

Canta,
la gente está aplaudiendo
y aunque te estés muriendo
no conocen tu dolor…”

Tras la primera ovación, Marconi le dejó su lugar a Juanjo Domínguez, que entró al escenario detrás de mí. Por lo que me pareció notar, Diego lo anunció con una mirada más recia que alegre, como si lo invitara a un desafío o a un ring. Antes de conocerlo, lo único que yo sabía de Juanjo era que, durante sus giras internacionales con el legendario cantante Roberto Goyeneche, siempre les preguntaban por el resto de la orquesta. “No hay nadie más: él es la orquesta” respondía entonces Goyeneche, para aclarar que el suyo no era, ni de lejos, un guitarrista cualquiera. Juanjo es, quizás, el más grande guitarrista de tango de todos los tiempos, un virtuoso imbatible que, si quiere, puede sonar con el brillo y la sutileza de quien sabe hacer que su música parezca escrita por los ángeles. Desde el costado en que me encontraba, vi que Juanjo rozó la mano de Diego tras agradecer los aplausos del público. Luego hizo vibrar las cuerdas de su guitarra con calma y precisión, sin prisas ni tensiones, y yo sentí que cada rasguido suyo transformaba al sonido en luz.

“Yo tengo tantos hermanos
que no los puedo contar
gente de mano caliente
por eso de la amistad,
con un rezo pa’rezarlo
con un llanto pa’llorar”

La voz de Diego cabalgaba los acordes de Juanjo cuando a mi lado vi que Calamaro se acercaba a su novia para abrazarla por detrás. Yo lloraba sin darme cuenta, respiraba con el pulso agitado y no podía pensar. Sabía que era testigo de algo que quizás nunca más volvería a ver. Ante mis ojos se producía el milagro de la música, el poder ultraterreno que borra las diferencias y hermana a propios y extraños a través de la magia del instante, como el relámpago que ilumina y asombra y desaparece para siempre. Los hombres, ellos y todos, podrían llevarse bien o mal, pero gracias a la música tendrían la posibilidad de ser otros, mejores, únicos. Yo había visto y reconocido el milagro que en el final de los tiempos nos salvaría a todos. Pero no lo podía contar. No sin traicionar la confianza y la amistad de quien me había hecho sentir que era uno de los suyos.

Hoy sé que contar cualquier otra cosa en esta historia equivale a cometer un error. En este relato quizás haya varios, pero ya no se me deberían reprochar a mí. Porque el que acaba de escribir no fui yo, sino el duende.


Este texto se publicó previamente La Gaceta del FCE en septiembre de 2017.

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