Musique de merde

El rebelde

A pesar del estigma, de los juicios y de muchas situaciones en contra, Celso decidió tocar la música que a él le gustaba, esa que todos conocíamos, pero no todos aceptaban que les gustaba. Ese “gusto culposo” que después se convirtió en todo un orgullo.

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Cuando éramos niños, escuchar la música de Celso Piña no era bien visto. No solo la de él, la de cualquier artista o agrupación de música vallenata; esa que nosotros los regios le llamamos colombias incluso mucho antes de saber que era una música tradicional de Colombia. No era bien visto, porque esa música, que además solo sonaba en alguna que otra estación de AM, era relacionada con pandillas y colonias conflictivas. Eso de “barrio bravo” no lo usábamos aún entre nosotros.

Sin embargo, todos nosotros, los de la generación nacidos en los setentas y antes, conocíamos al menos una canción “colombiana” y la gran mayoría sabía de la existencia de Celso Piña. Salíamos a la calle y covertíamos una lata de leche Nido, o una caja de madera con una radiografía extendida como parche, en un tambor que repicaba al ritmo de la cumbia callejera. Los rollos de plástico que sostenían el hilo con el que nuestras madres tejían, se convertía en una “guacharaca”, raspada con un peine para chinos. Y así intentábamos recrear la cumbia sentados en la banqueta de nuestra colonia clasemediera y lejos de nuestros padres.

Celso era la figura ya desde entonces. Era quien comandaba ese género que iba mutando desde la tradición colombiana hasta un estilo muy auténtico y propio, uno que sonaría al regio vallenato. Porque lo que hizo Celso fue apropiarse de la cumbia colombiana y la música vallenata a lo que sus recursos le daban. Es decir, Celso no es que fuera un gran músico, es que lo suyo sonaba auténticamente a calle, a barrio, a cercanía. Hay algo de salvaje en su ritmo porque lo hace sonar con lo único que tiene a su alcance, y esas son las ganas y el alma. Si no, por qué hacerlo tantos años en los que no salía en la radio ni en la televisión, o al menos no con la frecuencia de otros, ni tenía la misma exposición. Y de todas maneras, Celso se abría paso en una ciudad dominada por la cumbia norteña.

El estigma hacia esta música era tal que incluso no era incluida en el ambiente grupero. Los grupos de cumbia colombiana y vallenato tenían que tocar entre ellos, en las colonias, con malos equipos y en situaciones muy vulnerables, porque no tenían cabida entre los gruperos. Había, y sigue habiendo, prejuicios contra la gente que escucha esta música y asiste a los bailes, aunque de un tiempo para acá ese prejuicio se ha disfrazado de “buena onda”. Un ejemplo: Cuando Celso comenzó a ser aceptado y reconocido por la sociedad regiomontana fue cuando grabó el disco Barrio bravo, donde aparece no una cumbia o vallenato, sino un bolero (“Aunque no sea conmigo”, de Chago Díaz) y al lado de Rubén de Café Tacvba. Y cuando muchos lo comenzamos a ver en vivo fue cuando tocó en el Café Iguana, un lugar más “aceptado”, porque antes de eso era impensable ir a alguna colonia a un baile de Celso.

Desde luego que es una generalización la mía, hay personas que vivieron los bailes y lo escucharon toda la vida sin ningún prejuicio. Pero muchos, la mayoría, me atrevo a decir, lo reconoció hasta que él se acercó a esa otra parte de la sociedad, la de la clase media, la no vulnerable, la dizque no violenta.

Quizás por todo eso Celso sea el Rebelde del Acordeón, porque a pesar del estigma, de los juicios y de muchas situaciones en contra, decidió tocar la música que a él le gustaba, esa que todos conocíamos, pero no todos aceptaban que les gustaba. Ese “gusto culposo” que después se convirtió en todo un orgullo. Y porque después de todo, la historia de la música le dio un lugar único, uno en el que periódicos de todo el mundo han escrito sobre él y artistas de todo el planeta lo conocen. Uno donde muchos reconocen lo importante que ha sido él para la cultura popular de una ciudad como la nuestra.