La música que nos habita

Sea cual sea el mensaje que lleve, la música incidental que acompaña nuestro pensamiento consciente nunca es accidental.

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Cuántas veces nos despertamos con alguna canción sonando en nuestra cabeza y podemos traerla con nosotros incluso el resto del día. La música nos habita, se queda en la memoria y puede aparecer ya sea de manera voluntaria o involuntaria

En una ocasión, la psicoanalista francesa Francoise Dolto, acompañó en análisis psicológico a otra colega en la última parte de su vida. La paciente murió por un cáncer que desconocía. En una de las sesiones la mujer le comentó acerca de un sueño que había tenido, un sueño extraordinario, imposible de contar, pero acompañado de una intensa felicidad. Esa felicidad provenía de unas sílabas que no querían decir nada. No había ninguna imagen en el sueño, solo el sonido de estas sílabas.

El padre de esta mujer, de origen inglés, había ocupado algunos puestos en la India y, aunque ella había nacido en Europa, al mes de nacida regresó tierras hindúes donde era cuidada por una joven india de catorce años. A los nueve meses regresaron y estaban indecisos si llevarse a la joven nana con ellos, pero al final desistieron porque pensaron que le sería muy difícil adaptarse al estilo de vida europeo. Esto significó una separación y un adiós desesperado para la joven ya que ella nunca dejaba a la niña y la tenía constantemente en sus brazos.

De esto la paciente no tenía ningún recuerdo, solo sabía de ellos por lo que sus padres le habían contado. Con este antecedente, Francoise le preguntó si fuera posible que esas sílabas que la hacían sentir feliz fueran de alguna lengua hindú, lo cual hizo que la mujer fuera a preguntar e investigar a la universidad con personas que conocían esas lenguas.

Cuando por fin dio con alguien que conocía ese idioma, porque en la India existen setenta lenguas, él escuchó las sílabas y sonrió placenteramente respondiendo que sí sabía qué significaba eso: se trataba de una vieja canción de cuna que todas las nanas y mamás cantan a los niños en esa región y que dice “Mi querida pequeña de ojos más bellos que las estrellas”. Es decir, ese sueño que tuvo en el cual se sentía sumamente feliz, era debido a una canción de cuna que le cantaban entre los 2 y los 9 meses de nacida y que recordaba ahora que se encontraba en el umbral de su muerte.

Hay ocasiones en que de pronto, como si fuera de la nada, nos acordamos de canciones que hacía mucho no escuchábamos o, aún más extraño, de canciones que no escuchábamos. Muchas veces nos encontramos tarareando melodías de música que no nos gusta.

Lo fácil es decir que la escuchamos en algún lado y se nos pegó, o que algún recuerdo nos hizo evocarla de nuevo. Lo complejo es asumir que tenemos constantemente música sonando en nuestra cabeza que responde a diversas asociaciones. Éstas pueden ser emocionales o verbales- como escuchar una palabra y pensar en una canción-. Pero lo más interesante es entender que cada música que aparece en nuestra cabeza es un mensaje con mucha información. Como si hubiera cosas que nuestra cabeza solo las dice a través de la música.

Por ejemplo, mientras leía casos clínicos relacionados con la música y el cerebro, de la nada apareció en mi cabeza la sinfonía No 40 de Mozart. Escuché mentalmente el primer movimiento completo y sentí un gran gozo, igual que si la escuchara en una bocina. Eso me llevó rápidamente a la época de mi formación clásica. Me emocionó mucho pensar en la música mental, la que escuchamos con la mente y no con los oídos, y en seguida empecé a tararear una canción de los ochenta de los Enanitos Verdes, una que dice: “Y al fin te encontré y no pude ni decir hola”. Solo reí para mis adentros.

Hay mucha música en nuestra cabeza, probablemente mucha más que la que escuchamos normalmente, y ésta existe porque también es una forma de comunicarnos, de expresarnos y hasta de escucharnos. Dice Theodor Reik, discípulo de Freud, que sea cual sea el mensaje que lleve, la música incidental que acompaña nuestro pensamiento consciente nunca es accidental.