La tragedia

Quién iba a pensar que un partido de futbol me haría terminar viendo de nueva cuenta a Tragedy.

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Quién iba a pensar que un partido de futbol me haría terminar viendo de nueva cuenta a Tragedy. Semanas atrás aseguraba que no asistiría al concierto. En el fondo me asqueaba estar ahí. No lo digo por el coto-crust (monas, chillazon de ardilla, rastas, expansores, chalecos, barbas, un chingo de parches, estoperoles, etcétera).

A los gringos de Tragedy ya los había visto antes, en el ETEC de Monterrey, lugar donde me sorprendí con la banda de Pollo Emo (Non Plus Ultra), y creo que descubrí el hardcore en vivo y directo gracias a los texanos de Bread and Water.

Aquel domingo 8 de diciembre 2002, quienes acudieron a la presentación de una de las agrupaciones más emblemáticas de crust, recuerdan aquella tocada como una de las más perronas de sus jóvenes y blancas vidas.

Tragedy, ese grupo oriundo de Portland, Oregon venía por primera vez al país. Muchos aseguran que arribaron a diferentes lugares de México en su mejor época; y junto a ellos, en la Ciudad de las Montañas, se presentaron con Storm The Tower de los Estados Unidos; más Rash, Los Ñangos y otras bandas locales.

Verlos con 14-15 años, sé que está cagante decir y pensar que fue más chingón que hace apenas unas horas. Pero antes mi cabeza estaba en calma, despejada, sólo me sorprendía del desmadre de los punx y ya, párale de contar.

Sin embargo, lo que me acaba de suceder fue absolutamente lo opuesto: escuché una de mis canciones favoritas de Tragedy, “The day after”, y mi mente se retacó de preguntas y cosas que antes del toquin me hacían reírme de mí, por pena y por no desear ser quien soy ahora.

A principios de año acepté que tengo problemas con el alcohol. Noviembre, pero más diciembre, fueron la soga al cuello. Mi habitación siempre apestaba a borracho. Mi aliento solía delatarme con quienes me encontraba por las calles. Mi dotación de Gatorade en la oficina hacía que me mandaran a lavarme la cara y tomar aire fresco. Todo eso, y sumando mis desplantes por el noreste del país, con mis viejos amigos de Santa Catarina y el Poniente de Monterrey, hicieron que me propusiera a salir poco.

Por lo regular procuro guardarme en mi cantón viendo películas de suspenso mientras me chingo una pizza del señor Rafa (las más chingonas del barrio), nada más salir a donde indique Mi Cotorreo Armenio, a quien conocí en uno de los tantos breaks que me tomo en la editorial independiente de arte contemporáneo donde trabajo; y los sábados y domingos, salgo a pedalear por la mañana alrededor de 50 kilómetros a donde sea.

Dicho problema con la copita lo afirmé aún más en el cumpleaños de un camarada, fiesta que había sido de mis únicas salidas en el año hasta el sábado pasado. Pero de la nada comencé a mamarme como si fuera el último día de mi vida, y cuando ya se me notaba lo Jaime Duende que me pongo, al Lic. Usnavy (vocalista de Calafia Puta), le confesé que me sentía de la chingada. Terminé mi speech, de aburrirlo y me di a la fuga.

La realidad es que estoy del asco. Mis amistades de la Ciudad de México, el Cadena Club, no se cansan de bromearme, de decirme que siempre les cuento lo mismo y que todo se me olvida. Cada vez comienzan a decírmelo más. En realidad, lo que creo tratan de decirme es que soy un borracho monótono, triste, nostálgico y débil. Pero lo peor vino en la tamaliza familiar del Día de la Candelaria, cuando mi tío Roy dijo que se me iban las cabras bien culero, que era como si estuviera cotorreando con el “Pi de La Malinche”, un amigo de su infancia que ahora es el monoso más popular de la colonia, el mal ejemplo de la infancia.

Todo esto de la tragedia comenzó el 14 de febrero 2014, y quiera o no, me caguen los chocolates y las rosas, creo que yo mismo necesito darme amor. Mi familia siempre me lo ha brindado. Mis amigos creo que también. Incluso en estos momentos hasta me parece que tengo el cariño de una belleza poco común que llegó a mi vida desde muy lejos. Pero la tarde de ese meloso día de los enamorados, pasó que cuando no logré olvidarme de quien en estos momentos soy, la laguna mental bifurcó, me iluminó e hizo que recordara la susceptible frase que un día dijo mi amigo Nene: “El que se enamora pierde”. Neta que lo intenté, nada más que Mi Cotorreo Armenio y yo nos desvestimos escuchando a The Jam y a un tal Paul Baghdadlian, mientras era advertido por ella (una mujer que acepta ser culera) que podía sufrir de lo lindo estando a su lado. No obstante, y lógico, mi respuesta fue decirle que adoraba ese tipo de cosas, que me prendían tanto y se lo demostré dejándome puestos los calcetines a la hora de aplicar la de misionero con vista a la Torre Mayor, desde un departamento de la colonia Cuauhtémoc.

Este Día de los Enamorados que pasó pude haber hecho de cenar en pareja, ver Intrépidos punks y pasarla en compañía. En cambio, decidí inventar un dolor de cabeza. Dio resultado y me largué en mi bicicleta a cenar un faláfel del señor Said, en la Avenida Nuevo León de la Condesa.

Desde la mesita observaba a las parejas desparramando amor. Lo único que deseaba era que no me dijeran que siempre nel al toquin de aniversario de la tienda de discos Carcoma, donde el sábado 15 de febrero se presentaron Stoic Violence, Nomad, Sad Boys, Los Monjo, Crimen y Aborticidio, en un terreno baldío de la colonia Roma. De regreso a mi casa me sentí tan mal que casi detengo mi bici en el nuevo depósito que está a dos cuadras de mi morada para comprarme un doce y tomármelo de a soldado.

El sábado al anochecer, antes del toquin de Carcoma, llegué por Mi Cotorreo Armenio a su departamento. Entré a su cuarto sin aviso alguno y la sorprendí en unos lindos calzones de color morado. La manera de pedirle perdón fue regalándole un fanzine de Carlos Olvera y otro de Ediciones ¡Joc Doc!

A la media hora ya pisteaba con el Cadena Club, los cuales trataba de evitar por enfrentar mis problemas, guardándome en mi cantón y queriéndome sentir amado de-bolón-pin-pon.

Olvidé lo que la laguna mental me hizo recordar y perdí el control. Quienes tocaban a lo lejos estoy seguro de que intentaban reanimarme, decirme que me calmara. Ni pedo, no pudieron.

Comencé a ponerme muy simple, a bromear, y a pesar de todo mi humor de pendejo que pone a reír a mis amigos, Mi Cotorreo Armenio no lo entendía. Nunca me había visto así, en ese estado etílico y de wannabe Jack Kerouac.

Me convertí en un baboso. El olor a pegamento de los malditos punx supuestamente fue el problema para que nos largáramos justo cuando tocaban Los Monjo su canción de “Cerdos”. Al chile no hubiera bebido, no hubiera ido con Mi Cotorreo Armenio, no hubiera salido de mi hogar. Tenía un chingo de ganas de ver a Stoic Violence (el Negative Approach del presente) y chale…

Al otro día me arrepentí de todo. La gran sorpresa, lo que terminó jodiéndome, fue que por mi problema con el alcohol me negaron un espacio de colchón para dormir: Mi Cotorreo Armenio, creo que arrepentida de conocerme realmente, metió a su cama a un viejo amigo de la Ciudad de las Montañas que tenía poco tiempo viviendo en Chilangolandía. No dije nada, di media vuelta, caminé hasta el Circuito Interior, paré un taxi y le seguí con mi etapa de nostálgico, débil y triste, contándole mis penas al ruletero que se limitó a decirme: “Échale ganas, flaquito”.

El domingo 16 de febrero le pertenecía a Tragedy, similar al domingo de hace doce años. La grandiosa idea que tuvo el Chino de chutar un balón, sudar como niños vagos y caer en caravana para ver a esos míticos punx, fue lo mejor que me pudo suceder después de todo lo que había hecho mi alter ego.

Cuando desperté, como a las ocho de la mañana, aún me sentía pedo. La ducha me la di con agua fría. Saqué mis tenis Samba, un short de mezclilla y mi playera celeste con un parche de Orchid que compré en el Cry Me a River Fest 2009. Me tomé un café sin azúcar, mastiqué unos chilaquiles verdes, y en dos ruedas llegué a La Casa Morada de mi amigo el Chino.

Pabloide, su tío, aún estaba todo modorro en el sofá-cama que está en la sala. Me preguntó por amigas de Mi Cotorreo Armenio. Volví a hacer lo mismo que con el taxista: le conté cómo la había cagado por andar hasta el culo. La respuesta de este largucho fue restregarme en la jeta Escritos de un viejo indecente de Charles Bukowski. Nos reímos. Minutos después, mi cuate del Cadena Club se metió a dar un baño para ir a montar el equipo de sonido de Tragedy.

En cuanto llegaron Carles y Gerry nos fuimos al terreno de juego. En total asistimos seis cabrones: los papis recién mencionados, más Gera Torres y Rocko. Todos decíamos tener años de no echar una cascarita de futbol.

A los diez minutos del encuentro nadie podía respirar. Estábamos a punto de vomitar la canchita de la colonia Juárez. Pero lo importante fue la diversión, revivir al chamaco que jugaba a media calle y pedía el gol gana porque su jefita ya le gritaba para que se metiera a terminar la tarea.

Me sentía Oliver Atom, y con todo lo que taladraba mi cabeza, podía decir que no tenía piernas, que el sábado, en lo de Carcoma, me habían atropellado de vuelta a casa y el domingo mis patas ya estaban amputadas.

Como a las tres y media de la tarde nos fuimos al concierto de Tragedy. Sí me animé porque Pabloide consiguió los boletos a 100 pesos, y porque seguía contagiado por la reta de futbol.

Saqué el último recibo de mi tarjeta y me indicaba que tenía 400 pesos de toda mi quincena; y no es por defenderme, que vayan a pensar que todo me lo gastó en pisto, pero justo intento ahorrar para un cuadro de bicicleta Bianchi Súper Pista, compré ropa, pagué unas deudas y se atravesó el viernes de faláfel y el sábado de alcohol que me dejó en modo de castor baby para los próximos días.

Encontrar un cajero Banorte fue toda una odisea. Al final saqué 300 pesos: 100 eran para el boleto, 20 para alivianar a Rocko, 50 para comprar unas aguas en La Michoacana, y lo que sobrara para unas cheves, cuando estuviera tocando Tragedy.

Después de caminar un chingo y de las aguas, terminamos comprando tres caguamas en un Oxxo, donde entraron dos francesitas bien chulas y nos veían vaciar las birongas en los vasos de unicel con gran admiración. Así estuvimos pisteando antes de entrar al toquin tan esperado para quienes gustan del tupa-tupa.

Afuera del concierto, sobre la Avenida Ribera de San Cosme, había grupos de punx en camionetas y carros. Llegué a imaginar que era todo un retiro espiritual. El lugar fue el Salón Caribe, que es el mismo donde hay bailes sonideros y los masters del hardcore neoyorquino, Agnostic Front, la última vez que vinieron, ahí tocaron. Recordé el inmenso escenario gracias a los videos que vi en YouTube. Y con lo que Gerry nos contó en el cuarto del Chino, del skinhead sin piernas soltando putazos a todos en ese vehemente concierto, fue una buena razón por las que quise ver de nueva cuenta a una agrupación de alto renombre y novedad. ¿Qué podía ocurrir con Tragedy después de tanto tiempo?

Carles fue el único que se pandeó. No le quiso caer por traer puesta su playera de las Águilas del América. Tenía miedo de ser linchado. Habrá que decirle que un güey con la playera de los Pumas se la vivió encima de la banda. Pabloide, en broma dijo que quizá sí podría ocurrir eso del linchamiento: ¿Un tampiqueño con la playera de Cuauhtémoc Blanco? Sí estaba maníaco.

Yo al chile creí que los pelones de tirantes y botas no andarían por ahí. Hasta que me topé con dos afuera, uno recargado en un coche y otro con quien casi choco de frente. Di por buena la decisión de Carles y bajé la cabeza.

Casi a punto de entrar, el fotógrafo, Chaba M.R., se acercó a saludarnos. Me apretó una de mis escasas nalgas y en cuanto aflojó la mano preguntó si veníamos de echar la reta: estando todos en shorts nos delatábamos con facilidad.

Chaba M.R. dijo que me veía como un mod después de jugar futbol en un barrio londinense. Volví a acordarme de The Jam, de Mi Cotorreo Armenio desnuda, clavándome sus uñas en la espalda, y convertida en un cachondo demonio.

En cuanto ingresamos al recinto me sorprendí. El Salón Caribe está enorme, grandiosos bailongos que se han de armar ahí. Tocaba Muerte y me di cuenta de que Dave Rata, uno de los guitarristas, también traía puestos sus tenis Samba; tal vez vio nuestros comentarios de la cascarita en Facebook, e intentó caerle para sentirse Misael Espinosa.

Muerte se la rifó, su alineación era como la del Real Madrid: pura estrellita con integrantes de Antimaster, Ratas del Vaticano e Inservibles.

Los siguientes en tocar fueron K.L.H., con quienes las lindas francesitas que nos encontramos en el Oxxo se metían al moshpit, y parecían ultras de algún equipo aferrado de la liga francesa; prendieron bien chingón a toda la gente.

Kagada de Perro tocó un putazo. No me pareció que fuera aburrido. Si te cansabas de verlos a ellos, podías fijar tus ojos en el grandioso pogo que se hizo: los grupos de punx comenzaban a discutir, como en una digna escena de La Banda de los Panchitos, pero en una final de partido llanero en el Bordo de Xochiaca.

Trenchgrinder, que al chile no sabía quiénes eran, se convirtieron como en el Barcelona de Pep Guardiola por la manera de ejecutar sus instrumentos; lástima que los bajaron, los malditos punx intentaban dar el clásico portazo, cosa que no entendí; lo más sencillo era que los dejaran entrar. Sólo que Pabloide, en un dos por tres me contó que ese pedo estaba peligroso, que cuando lograron dar el portazo en una de las ya tradicionales visitas de los restos de Misfits, únicamente fue para robarse el equipo y todo valió verga, como en aquel partido amistoso de Jamaica vs Toros Neza.

Trenchgrinder no tocó death metal, grind o lo que fuera su estilo musical. Tocaron como un proyecto de hardcore: poco, rápido y dejándonos picados.

Entonces llegué a un acuerdo con el Chino: “Tú compra una chela, yo compró otra, las compartimos y hay muere”. Ojalá así fuera siempre. Ojalá así hubiera sido la noche de Carcoma, y Mi Cotorreo Armenio aún siguiera respondiendo mis mensajes y llamadas.

Tragedy, con la grata sorpresa que tocó puro tema clásico de sus discos Vengance o Never damage, hizo todo un bien para mí y rápido les cedí la cinta de capitán y la playera con el mítico número 10 en la espalda, cuando provocaron que tirara como medio vaso de cheve al principio de su primera canción (“The day after”) y decidí mejor quedarme a un costado del escenario, donde todo lo podía ver muy bien, recibía patadas y mucha gente caía encima de mí.

Olvidé los problemas que el alcohol ha traído a mi cabeza, y hasta me levanté de más las calcetas para gozar como a los 14-15 años.

En cada canción que pasaba se me aparecían amigos con esas playeras donde los cuatro integrantes de Tragedy están sentados y uno sostiene una patineta. Esas playeras llegué a odiarlas, ya que de un momento a otro, todos eran crust. Lo mejor que pude hacer fue imaginarme que cada quién tiene sus problemas, que hemos aparentado ser algo y que mi supuesto alcoholismo lo puedo derrotar practicando el futbol y después iluminarme con algo tan trágico.

El set fue la mamada. Aun así, la sombra de mi pesadilla comenzó a cubrirme cada vez que me alejaba del Salón Caribe. Imaginé que me pasaría eso, comiéndome una hamburguesa vegana, y con un dolor de piernas por patear un balón y acudir a ver a Tragedy el mismo día.

Pasada la medianoche pedaleaba por Paseo de la Reforma rumbo a mi casa. Iba sobrio y me sentía Mauro Camoranesi. Pero al abrir la puerta de mi hogar, mi madre me clavó sus ojos, trataba de saber si otra vez andaba pedo, y por qué demonios no me había quedado a dormir con Mi Cotorreo Armenio, la chica con quien ya había soñado irme del país. No me quitó la mirada de encima hasta que sellé mi habitación. No pude dormir. Pensé en tantas cosas que viví en la Ciudad de las Montañas que comencé a escribir esto y terminé yendo al único Oxxo que está en la zona a comprar un six (hasta le regalé una lata al Pi de la Malinche que andaba por ahí). Me chingué tres cheves y dejé las demás en el refrigerador para la próxima jornada de la Liga MX.

Esta es mi tragedia. Este es quien ya no quiero ser. El próximo domingo, si vuelvo a jugar futbol, intentaré meter muchos goles y tal vez así todo cambie.