Michelle Blades – Nombrar las cosas

nombrar las cosas


Midnight Special Records
Panamá, México
2020


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“Lo que dios quiere, no me importa.”

La última vez que hablamos de Michelle y comentamos un estreno de ella, fue hace poco menos de un año. El 2020 ha sido muy inusual, y para muchos parece sentirse como más tiempo. Como sea, hablamos de Visitor, un producto autorreferente para la autora y de nuestros favoritos del años pasado.

Si del mismo dijimos que a momentos mostraba una estética de filme (¿o serie?) kitsch de horror, de este podríamos decir que es la coming of age novel escrita por Michelle Blades. Corta, pero puntual y consistente en canciones telegráficas, concisas y macizas. Por supuesto, quienes son más familiares con el coming of age, han notado que el tránsito de la niñez es solo la puerta a este género amplísimo, sobre cualquier momento y visión en la vida de alguien Roma -y el trabajo general de Cuarón- y Ya no estoy aquí son ejemplos fictivos, las formas en que nos rompemos para crecer, confinados, ejemplos fácticos. 

Entonces, como varios de los discos del presente año que discutiremos con esta humilde pluma, Nombrar las cosas tiene un sabor a transición, y en este particular caso,  a la continua reminiscencia de lo que puede pesar, o no pesar; el paso del tiempo, en periodos muy largos, o no tanto. Esto, desde donde cada quien empiece a contar. Michelle ya comentó que este disco tiene un relación, aunque sea por oportunidad, con el virus protagonista de este año. Considerando la fecha en que la artista hizo esta declaración, a esta altura podemos pensar que la relación que podemos tener con este disco, es mucho más que de oportunidad. 

Aunque Michelle ha aclarado que no es un trabajo a propósito de este evento histórico (y es cierto, ni lo es, ni se siente así), es un poco inevitable pensar en esto: en que el canvas emocional presentado puede ser el mismo que los contemporáneos compartimos en el confinamiento. Quizás no completo. Quizás solo la base: la introspección, la indecisión y la sensación de extrañar cosas que en algunos casos se recuerdan parcialmente, y en otros, solo se recuerda la razón por la que se extrañan.

“Ya estoy viejito, nadie me ha dicho: viejo, descansa”, suena en el coro de “Globitos”, poco después de la pista de venta de tamales más famosa de la ciudad de México. Y esa es una frase que quizá se nos queda más a quienes somos ya “jóvenes”, pero tanto o más, experimentados en esa juventud. Los famosos millennials, que ya no somos chaviza y que quizá no vendemos batmans o hacemos figuras con globos o… bueno, ¡carajo! Igual y sí. Igual estamos agotados.

En “Indecisa…” se discuten las ganas de ir a un party al que nadie nos invitó (podría ser en Zoom o en Meets, para cualquier fin práctico), y convenientemente “Mota o perreo”, hoy 10 de julio, decanta en nuestros deseos de salir, divertirnos y perrear todo lo que no quisimos o no nos permitimos antes de entrar en nuestra actual distopía anticlimática. Y por supuesto, “luego dormir en mi cama, llena de sueño”, quizás al más puro estilo de Emmanuel.

Aquí precisamente cabe detenerse, a cuestionar algo que quizá tampoco era directamente intención de Michelle, pero que juega en la discusión reciente sobre cómo o porque usar el término “urbano” para hablar de música. Quizás hablar de música urbana (por supuesto insuficiente para definir formas o propósitos de hacerla), implique la parte de la música pop en la que esta incluye viñetas sobre las cosas que hacemos en las ciudades o lugares que consideramos urbanos: como escuchar trap mientras trapeamos, poner listas de rolas de Abba en YouTube mientras lavamos platos para siempre, o festejar los cumpleaños, reuniéndonos en algún servicio de videollamadas.

Más allá de la obviedad de mencionar título por título, anticipo que este es uno de mis discos favoritos del año, y no es un momento precoz para decirlo ¿A que suena? Para mi, suena a un viaje nocturno en un micro (O en el ruta San Angel, en Monterrey), pero sin fiesta. Con la unidad medio vacía y con las tradicionales luces “disco” que algunos conductores usan o usaban, dando la impresión de estar en la hora silenciosa de la cantina. Con el twist que está uno soñando, quizá bajo la influencia de gigantes y de camino a alguna playa, en el colectivo.

Lo que extrañé en el disco pasado, canciones en español, se balancea muy bonito aquí. Hasta termina con una versión de un clásico de Víctor Jara (los covers de Michelle, como le Beverly dice a Richie en It: capítulo 2: son crecimiento en su propio estilo, y esto es un cumplido). Por supuesto no podemos dejar ir esta reseña sin hacer un mal chiste histórico y político, alabando el título de la primera canción “TTT”, en el que la cuarta T, parece extraviada, pero quizá ese es su rol. 

Nombrar las cosas, está para que lo escuchemos en cualquier plataforma, pero en el Bandcamp es en donde le dan mas lana a Michelle y a todos quienes están allí, por su trabajo y nuestra escucha. Hagamos paro.