Puentes caídos

Compartir música fue un factor de relación social. A través de ella hicimos nuevos amigos, pero también nos dio un sentido de pertenencia al formar grupos con los cuales coincidíamos en conductas, gustos y costumbres.

Por: Homero Ontiveros

Foto: CJ Bryan – Flickr (Creative Commons)

Antes de que existieran las plataformas de streaming como Spotify, la música en formato digital y el mp3, compartíamos la música de manera personal. Es decir, uno no tenía el dinero para comprar todos los discos que queríamos, así que la única forma era que alguien te prestara el LP o cassette y tú lo grabaras en tu casa en una cinta que, era virgen o bien podías re grabar sobre ella. Luego con la salida del CD ocurrió lo mismo, pero terminabas quemándolo en algún disco nuevo donde podías almacenar datos.

Esa manera de intercambio construía lazos entre las personas a través de la música, ya que compartir un disco o cinta original no era cualquier cosa sino un acto más personal, y el facilitarlo a otro era señal de confianza. Entonces, íbamos formando amistades musicales con las cuales había un punto de convergencia y éste era el gusto musical. Una de mis grandes amistades, nacida en la preparatoria, comenzó con los discos Use Your Ilusion I y II de Guns & Roses, yo tenía uno y mi futuro amigo el otro, así que nuestra forma de acercarnos fue hablando de ellos para posteriormente compartirlos.

Luego estaban las cintas que uno grababa con ciertas canciones, algo así como los primeros playlist. Éstas podían ser también dedicadas a alguien y, entre canción y canción, había muchos mensajes entre líneas que se podían interpretar. Utilizábamos las canciones escogidas para, a través de ellas, lanzarle un mensaje al otro. Las canciones se convertían en nuestras palomas mensajeras.

Pero aquí había algo fundamental, y era el hecho de compartir música utilizando a ésta como un elemento de relación social. A través de ella hicimos nuevos amigos, pero también nos dio un sentido de pertenencia al formar grupos con los cuales coincidíamos en conductas, gustos y costumbres.

Y es que la música en formato físico estaba en cada una de nuestras casas, aunque no fueran melómanos nuestros familiares. Todo hogar tenía un tocadiscos y cada automóvil un reproductor de cintas porque el objeto en sí tenía ese valor de pertenencia. En mi familia, por ejemplo, la música que me influenció de manera profunda no fue la que escuchaba en casa de mis abuelos indirectamente, sino aquella que llegó cuando mis tíos me dejaban escuchar sus discos o mis tías me regalaban cintas. Me acuerdo por ejemplo de mi primer cassette de The Cure, fue un regalo que guardé más allá del objeto físico. O aquel de Metallica que me grabó un tío cuando yo apenas era un niño y no se me olvida que hasta dibujó con pluma las letras de la banda y al reverso anotó todos los títulos de las canciones.

Es decir, la música objeto, no la intangible, durante mucho tiempo nos hizo socializar y crear lazos afectivos con otras personas, algo que no ocurre hoy en día con la música digital. Si bien compartimos música de una manera más fácil con solo dar un click, esta está desprovista de personalidad porque no hay un sentimiento de pertenencia, solo está ahí en la red y al compartirla no sentimos que es algo nuestro lo que mostramos a los demás sino solo una canción que nos gustó y nada más.

La inmediatez de la música digital y las plataformas de streaming provocan que ya no necesitemos al otro para conocer o compartir música. Hoy en día uno lanza alguna canción en las redes como un mensaje dentro de una botella soltada en el océano y, puede que llegue a alguien o que se pierda entre el mar de información, Pero ya no va con esa idea de acercarse al otro para compartir o simplemente aprender porque, uno también se acercaba a las personas para conocer más música, y la otra parte con gusto te mostraba algo nuevo. No había esta actitud de “yo conozco más música y más extraña que tú”.

La existencia de lo digital en la música nos ha abierto muchas posibilidades, y desde luego hay mucho de positivo, pero siempre hay que pagar un costo, nada es gratuito aunque lo parezca. Y  si bien ahora tenemos al alcance toda la música que queremos y más de la que podemos soñar, el costo ha sido dejar de construir lazos entre las personas a través de la música, y los discos y las cintas que antes nos hacían encontrarnos, hoy se han convertido en puentes caídos.

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