Belafonte Sensacional – Soy piedra


Independiente, 2019
México
9.3


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Se cantó mucho el arribo de este disco firmado por Belafonte Sensacional bajo la producción de Hugo Quezada. Se advirtió harto que podía ser el último plato que los de “Lo hice por el punk” grabaran y bastante también se habló en la redes sociales de la campaña Salva a Belafonte, donde se buscaba obtener dinero con tal de pagar las cuentas que manufacturar un álbum genera. Por fortuna, finalmente Israel Ramírez y sus camaradas (Julio Cárdenas, Israel Pompa Alcalá, Cristóbal Martínez, ElAle Guerrero, Enrique A. Álvarez Sánchez y Emmanuel García) se encerraron con Quezada en los estudios Progreso Nacional para darle grasa a un puño de composiciones, 11 temas que no sólo marcan raya respecto a lo hecho antes por el grupo, sino que representa un hondo jalón de greñas en la madrugada de esa fiesta llamada rock mexicano.

“Segundo acto de destreza juvenil” abre el camino con una armónica de tufo blueseado, el llamado a la lumbre: una lira con bozal, un par de baquetas chocando contra el aro del tambor y una voz modorra con tremolo contando: “ya los vi fumar todo Jamaica sin contemplaciones”. Esto acompañado de una trompeta briaga y vaga y, al final del tema, por una guitarra que se desamarra el hocico, una tira de lalalás y un bajo de raigambre dub. Precisamente las cuatro cuerdas de Pompa Alcalá protagonizan el segundo acto del plato, “La noche total”, donde las progresiones armónicas que caracterizan a Israel se aluzan, aunque el trabajo de guitarras mueve el asunto hacia otra parte una vez que arpegios luminosos aparecen para emparejarse con más lalalás, tarareos esperanzadores que chocan con la historia que la canción platica: “y luego de esta vida sólo hay muerte, y luego si te vas ya no regreses, el portero no te dejará pasar”.

Un susurro dicho con lira de palo sigue: “Las distancias”. Sin florituras, aquí Ramírez canta pegado al micrófono, con el delay correteando sus palabras, salpicando netas desgraciadas: una muerte sin funeral, la ausencia de fe, la distancia como el punto final del texto, el alejamiento criminal. La extinción de los sentimientos tras la separación de los cuerpos. Por su lado, “No llores, Cumbias” es una carta afectuosa a un amigo con guiños a Phil Spector; aunque en lugar de muros sónicos hay paredes salitrosas. Se trata del esfuerzo de la banda por hacer pop, con todo y palmas incluidas (atentos al cello que despide la canción, del arco de Mabe Fratti). En otro carril, se encuentra “Marris”: el corazón del disco, la piedra filosofal de la obra. Un tibiritábara psicodélico para asolear el cobre que los de The Brian Jonestown Massacre también poseen (los coros finales, con la garganta de Camile Mandoki, provocan salivación). La única queja: el pase al más acá debería durar, al menos, siete minutos.

“Sácate a la carretera” es puro desmadre. Una guitarra puntiaguda y grosera que va perdiendo filo para transformarse en un baladro eléctrico dulcísimo, un trance de feedback de casi un minuto de duración que parte la composición en dos; aunque no se trata de un puente, sino de un túnel de los que en Tlalpan existen, abandonado, oscuro y peligroso. Los compases finales son acero derretido, clarito me imagino a la banda tirada en el piso, lamiendo los cables con tal de aguadar todo ese fierro. “Epic aris”, a continuación, es una pieza sin fisuras; aunque la antecede un lapso esquizofrénico titulado “T. Oh The Oh”, un prólogo fugaz, quizá planificado en una pacheca, para que luego se desarrolle un tratado musical de alcances literarios, sin calces ni itinerarios, impulsado nada menos que por el ánima de Parménides García Saldaña.

Con “Epic aris” nace y muere una nueva forma de entender la música chilanga, al menos para quienes nos sabemos de memoria las líneas del metro y las rutas de los microbuses. Una canción rebosante de dislocaciones verbales y rítmicas desconcertantes, pero nunca desconcentrantes. Aquí, el collage beatle de “Being for the benefit of Mr. Kite!” es jalado a terrenos gamberros, pues el pegote de cintas es llevado a cabo con engrudo y a lo tosco. La letra merece un punto y seguido. Un experimento de fonética y métrica, de vocablos y bocados que, pese a la ausencia de sentido, una parábola dramática regala. “Epic aris” es la síntesis sonora de Pasto verde, de García Saldaña. Es palabra y es magia. De los milagros que sólo una vez en la vida ocurren. El tema pasará a la historia como uno de los momentos más lúcidos y ácidos en la historia del rock chilango.  

“Resist all” y “Oh shit! Oh fuck!” anuncian que la despedida de acerca. La primera, homenajeando a los Velvet Underground, pero echando chemo, soplándole recio al frutsi; la segunda, proponiendo un yeyé azotacalles, ñero y perro, con monchis para el bajón (cortesía de las percusiones de Enrique Martínez). “K. En el abismo” es el cámaraelbarriomelanzoalcantón, el “ai´nos vidrios la bandera” de un álbum con muchos bulbos y transistores polvosos, con mucho parche picado y caguama tibia.

Soy piedra significa un paso sólido en la historia discográfica de Belafonte Sensacional. Se trata de un plato que, en teoría, y si los ánimos fuesen positivos, funcionaría como la antesala de obras todavía mayores. Se encuentra en sus once composiciones un entendimiento cabal del lugar que un músico de ciudad del tercer mundo debe asumir ante su infame realidad. Sin lloriqueos ni panchos rancios se palpa la miseria, se rima con la tristeza y la desesperanza sin que la desazón opaque el ansia de desmoche (y en este logro, evidente es, mucho tuvo que ver la visión de Quezada, el productor).

En fin, que tenemos entre oídos el disco que debería cambiar paradigmas, porque el plato  dice, canción tras canción, categórico: “Ñeros, hasta aquí llegamos. Empecemos de nuevo, escribamos una historia diferente”. Ojalá la convocatoria encuentre eco, ojalá este logro no pase desapercibido para la mayoría. Ojalá Belafonte Sensacional no afloje y aloje todos sus desfogues en más discos. Porque vaya que hoy día hacen falta artistas así, de verdad.