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Cuerpos visibles

Salma Miranda Jiménez – ¿Alguna vez te has preguntado si en Monterrey se hace danza? ¿Por qué parece ser una manifestación lejana, casi ajena a nosotros?

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¿Alguna vez te has preguntado si en Monterrey se hace danza? O en caso de que exista, ¿por qué casi nadie habla de ella? ¿Por qué parece ser una manifestación lejana, casi ajena a nosotros?

Por: Salma Miranda

danza cuerpo

¿Alguna vez te has preguntado si en Monterrey se hace danza? O en caso de que exista, ¿por qué casi nadie habla de ella? ¿Por qué parece ser una manifestación lejana, casi ajena a nosotros?

Para empezar a analizar estas preguntas propongo que hablemos en primer lugar del instrumento para su realización: el cuerpo. ¿Nos reconocemos como un cuerpo en nuestra vida cotidiana? ¿Vivimos conscientes del impacto de nuestra corporalidad?

El cuerpo es la materia prima de nuestro ser, de lo que estamos hechos, lo que nos condiciona física y biológicamente, vehículo de vida. ¿Qué significa vivir adentro de un cuerpo que transita la ciudad, que trabaja, consume, defeca, piensa, siente, se enferma, baila, que camina por toda la casa?

En nuestro imaginario el cuerpo es algo borroso, subjetivo, carnal, casi sucio. ¿Qué lugar ocupa el cuerpo en nuestra realidad?

Históricamente, se le ha concedido un lugar secundario al cuerpo. Siempre por debajo o por detrás de la razón, que aparentemente guía nuestras acciones como seres civilizados. Dice Margarita Tortajada en su libro Frutos de mujer:

“Al desconocer el cuerpo y a la cultura corporal se oculta el poder que éste tiene, su capacidad transgresora y, sobre todo, el poder que lo atraviesa y determina. El discurso racionalista de la ciencia no ha reconocido la importancia del actuar corporal porque no lo reconoce como fuente de conocimiento y poder”.

Partiendo de ésta idea ¿cómo podemos empezar a reconocer esta dimensión corporal desde otra perspectiva no convencional? ¿Cómo podemos empezar siquiera a concebirnos como cuerpos? Porque el cuerpo es también una construcción social, influido y moldeado por nuestra cultura en forma de ideas, prejuicios, apariencias, ornamentos, prácticas, emociones. La información inmediata que nos llega es representando cuerpos hiper-sexualizados anunciando jeans de moda, cuerpos que necesitan consumir tenis deportivos para ejercitarse o productos milagro para bajar de peso y alcanzar la figura ideal. Todo a costa de ningún esfuerzo para hacernos conscientes de lo que significa un ser un cuerpo sano, simbólica y biológicamente.

¿Cómo se relaciona esto con la falta de interés, difusión o apreciación de la práctica de la danza? La responsabilidad es tanto de los que nos dedicamos a esto como del público. Es necesario primero valorar el cuerpo como lo que es, no solo como lo que desearíamos que fuera o que luciera. No como formas estéticas vacías de sentido y del potencial real que tiene para transgredir la razón y hablar su propio lenguaje.

Menciona también Margarita Tortajada en Frutos de mujer:

“A pesar de las codificaciones y disciplinas corporales que implica la danza escénica y la hacen ser, siempre está presente en ella el cuerpo viviente y pensante, como una alternativa de construcción plena del ser humano en el hacer-sentir-pensar: es una posibilidad de autoconocimiento, autovaloración y de transgresión de los patrones dominantes y un medio para revolucionar al cuerpo”.

¿Cómo revolucionarnos como cuerpos valiosos por sí mismos, por ser manifestaciones de vida? El cuerpo es tan esencial que a veces nos es invisible, no vemos más allá de nuestras narices porque ni las propias narices vemos ni sentimos. El cuerpo es todo un universo inimaginable, es un lenguaje que se escapa a lo que conocemos racionalmente: es el encuentro con nuestro primer y más propio territorio, es una experiencia ancestral, humana.

Tal vez podemos comenzar poniendo atención al papel que juega la dimensión corporal en nuestras vidas: cómo nos relacionamos con nuestros seres queridos en un abrazo o un beso, cómo nos movemos rodeados de gente en el metro, cómo estamos relajados en la casa o en una conversación.

Somos cuerpo y vivirnos da libertad: Al tejer una red de experiencias conscientes podemos habitar nuestro cuerpo, tal vez nuestra casa, nuestra ciudad y nuestra propia vida: al ritmo de un corazón que no se detiene.


Salma Miranda Jiménez

(Monterrey, Nuevo León, 1994) Bailarina profesional de danza contemporánea, egresada de la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey. Formó parte del grupo Arte Móvil Danza Clan en 2012-2014, presentándose en varios escenarios del país. Actualmente cursa el diplomado Mediación Cultural y Artística de Conarte, y ejerce como docente de danza y bailarina independiente en la ciudad de Monterrey.