Musique de merde

El patrimonio íntimo

De niño, una de las cosas que más me emocionaba era acompañar cada mes a mis padres a la tienda departamental. Mientras ellos hacían fila en la zona de pagos yo me soltaba de la mano e iba hacia el área de música. Ya sabía, y ellos también, que no saldría de la tienda sin un cassette nuevo.

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De niño, una de las cosas que más me emocionaba era acompañar cada mes a mis padres a la tienda departamental. Mientras ellos hacían fila en la zona de pagos yo me soltaba de la mano e iba hacia el área de música. Ya sabía, y ellos también, que no saldría de la tienda sin un cassette nuevo.

Por: Homero Ontiveros

cd cassettes
Foto: Jason Brennan– Flickr (Creative Commons)

De niño, una de las cosas que más me emocionaba era acompañar cada mes a mis padres a la tienda departamental Salinas y Rocha; mientras ellos hacían fila en la zona de pagos yo me soltaba de la mano e iba hacia el área de música. Ya sabía, y ellos también, que no saldría de la tienda sin un cassette nuevo. Nunca les he preguntado qué pensaban de que les pidiera música en lugar de juguetes a mis cinco o seis años. En fin, así fue que me hice de cintas como Defenders of the faith, de Judas Priest o Flick On The Switch de AC/DC, que aún conservo originales.

En cuanto les quitaba el plástico, lo primero que veía eran los interiores, sacaba el papel y observaba todo con detenimiento, si traía fotos me detenía aún mas pues me gustaba imaginar cómo era la vida de esos músicos. Apenas empezaba a leer pero trataba de hacerlo con las letras mientras la música sonaba en una grabadora pequeña que tenía. Obviamente no sabía lo que decían, pero de alguna manera las memorizaba como en un acto de repetición.

Supongo ahí comenzaba mi relación con la música.

Ya en la secundaria compraba viniles cada vez que mi madre iba a Soriana. Ahí conseguí el de EMF, Canción Animal de Soda Stereo y otro de Jesus Jones, pero los que no paraba de escuchar fueron dos cassettes originales que me regalaron: uno era Mixed Up de The Cure y el otro Ritual de lo Habitual de Jane’s Adiction, con su portada original, la que luego fue censurada. Ahí ya estaba reforzada mi relación con la música, como escucha porque todavía no sabía tocar ningún instrumento.

El punto es que, el tener estos y más discos o cassettes, hizo que me identificara no solo con la música sino con los artistas. El objeto pasaba a ser de mi propiedad, me pertenecía y se convertía en una parte más de mi universo personal. Eso hacía que constantemente los escuchara porque era como si fueran una parte de mi. Los llenaba de emociones y sensaciones, que terminaba identificándome con ellos no solo en ese momento sino por el resto de mi vida.  Hoy puedo escuchar a Iron Maiden y recordar cuando los escuchaba sentado en la cama de mi tío mirando la portada del disco, que luego me hizo pedir mi pastel de cumpleaños con la figura de Eddie.

Pero no solo eso, también recuerdo mi primer CD de jazz, Road to you de Pat Metheny que lo escuché hasta agotarlo porque era el único que tenía. Hoy lo escucho y me sigue emocionando igual.  Así, teniendo el objeto y con la sensación de que era algo nuestro e íntimo, aprendí a escuchar discos completos; a tener esperanza en que si no me gustaba a la primera, tal vez con más escuchadas le encontraría cosas que me agradaran, y muchas veces así fue, terminé adorando discos que a la primera escuchada no me habían gustado.

El que fuera una propiedad tuya hacía que le dedicaras tiempo y atención. No podíamos darnos el lujo de desecharlo así nada más porque la decisión de escoger ese determinado disco era importante: no podrías cambiarlo ni regresarlo, era la carta a la que decidías apostar en ese momento.

Para las generaciones más jóvenes esto ha desaparecido. Hoy en día es más difícil identificarse con un artista porque no hay algo que genere esos lazos fuertes. Se identifican con canciones, pero no con obras ni trayectorias. Esto tiene que ver con toda la ola de opciones que nos arrojan las plataformas de streaming para escuchar música. Si algo no nos gusta inmediatamente lo cambiamos, no nos damos el tiempo de ponerle atención para ver si podemos encontrarle algo que nos acerque o nos agrade. Son los tiempos de la inmediatez musical. Esta manera de consumir influye de manera directa en la forma de hacer música.

Tampoco se la tiene fácil cuando los negocios han dejado de ofrecer una buena oferta de discos. Cada vez hay menos en venta y es muy difícil conseguir lo que no sea muy popular. Para eso existe la compra en línea, pero los costos no son accesibles. Comprar un disco importado se ha convertido en un lujo y, en la mayoría de los casos, es porque no se editó una versión nacional, así que solo nos queda esa opción.

A pesar de que tenemos mucha música para escuchar hoy en día con el Internet, no es descabellado decir que cada vez las personas se identifican menos con la música y esto es porque no hay sentido de pertenencia. Son como esas cámaras de fotografías desechables que se usan una vez y se tiran a la basura. Por eso insisto en que es necesario tener el objeto, ya sea CD, vinil o el formato que gusten, porque eso lo convierte en algo propio, le da un valor agregado al formar parte de tu patrimonio íntimo y genera un lazo que ninguna otra cosa te da.

Para muchos de nosotros, nuestra colección de discos y cassettes forman parte de un patrimonio personal que espera ser heredado a alguien más como un regalo inigualable porque en ellos está nuestra vida.