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Musique de merde


Ya no más canciones de amor

La novela de Juan Carlos Hidalgo sigue la historia de un músico español que está llegando a los cincuenta años y comienza a cuestionarse diversas cosas acerca de su vida, de la música y del arte.

OPINIÓN

El fin de semana pasado tuve la oportunidad de estar en la ciudad de Pachuca, Hidalgo para presentar la novela de mi amigo Juan Carlos Hidalgo, periodista musical, escritor y colaborador de La Zona Sucia. Su novela se llama Ya no más canciones de amor y la presentamos entre José María Arreola, reconocido músico y escritor mexicano, y un servidor.

En esta historia el personaje principal es un músico español que está llegando a los cincuenta años y comienza a cuestionarse diversas cosas acerca de su vida, de la música y del arte; como quien dice está haciendo sus primeros cortes de caja con la vida. “Quise hacer canciones que funcionaran como un tratado para entender la soledad”, suelta el músico casi al inicio del libro y a partir de ahí vienen una serie de preguntas y respuestas introspectivas que van corriendo la cortina que muestra al artista más humano, el que está lleno de dudas.

En cuanto comencé su lectura me sentí atrapado porque parecía que me estaba hablando a mi, al compositor de canciones. Entonces no dejé de preguntarme cómo había hecho Juan Carlos para meterse en la cabeza de un creador de canciones, como cuando se pregunta si prefiere encontrar una melodía que la conozca mucha gente y la pueda silbar; o una buena letra, y que esa misma cantidad de gente la recuerde por mucho tiempo. Preguntas que uno como compositor se hizo en algún momento de su carrera.

A la vez que avanzaba me iba encontrando en muchos de sus pasajes, incluso en aquellos que tienen que ver con L, su pareja, a la cual estaba perdiendo. Recordé lo gratificante que es reflejarte en una historia, leer que al personaje de la novela le está sucediendo algo similar a tu propia historia, porque sientes que no estas solo, aunque el músico español protagonista se aferre a la idea de que cada vez sí lo estamos más.

No dejé de preguntarme cómo había hecho Juan Carlos para meterse en la cabeza de un creador de canciones, como cuando se pregunta si prefiere encontrar una melodía que la conozca mucha gente y la pueda silbar, o una buena letra, y que esa misma cantidad de gente la recuerde por mucho tiempo.

Además, la novela está llena de referencias musicales que van desde el New Romantic de Ultravox y Roxy Music, hasta Nick Cave y Beck, pasando por interesantes reflexiones acerca de la música, como la mención al autor Ulises Corti, cuando se pregunta si hace ruido el árbol que cae cuando no hay nadie para escucharlo.

Este tipo de novelas suelen llamarlas literatura rock porque tienen elementos musicales y los personajes forman parte de alguna banda y hacen música. Sin embargo, aquí el compositor hace pop electrónico y el libro termina yendo por senderos que lo llevan más allá de lo musical. Como prueba basta decir que, después de la presentación, Chema Arreola y yo conversábamos sobre música, canciones y situaciones de la vida utilizando la trama de la novela. Es decir, nos la habíamos apropiado, o ella se había apropiado de nosotros.

Esta obra hizo que tres amigos nos juntáramos, Juan Carlos, Chema y yo, y conversáramos todo un día sobre música, libros y la vida misma. Es decir, estaba funcionando igual que las canciones, como puentes que conectan a unas personas con otras. Entre cervezas y mezcal llegábamos a la conclusión de que todas las canciones tenían que ver con el amor, en un mayor o menor grado. Entendimos que el artista se hace durante el proceso y no con la obra terminada, y que este tipo de libros se vuelven necesarios para quienes creemos en el poder de la creación. Probablemente Juan Carlos no lo sabía, o tal vez sí, pero gracias a su novela, y a su invitación, ese día tres amigos reafirmamos nuestro amor por la música, por las canciones, por la creación, por el arte y por la vida. Eso, las canciones y los libros como un puente.