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Las dos tumbas de Julián Garza

A cuatro años de su muerte, la figura de Julián Garza "El Viejo Paulino" es una referencia ineludible al momento de pensar el norte y la cultura fronteriza.

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Como muchas de las músicas populares del mundo, la norteña es tradicional y moderna a la vez. Parte del folclor para llegar al pop. Y se hizo masiva al correr las décadas del siglo XX. Para eso tuvo que absorber estilos diversos: Una fuente europea, con la presencia del acordeón y los géneros de baile de salón (polca, chotís, redova), y otra mexicana -y latinoamericana-, con los corridos y canciones rancheras del centro del país, el huapango huasteco, el bolero y hasta la cumbia. Es una música que nació y creció híbrida, de intercambios fronterizos, de raigambre rural, pero potenciada en las grandes ciudades. Y que no ha dejado de transformarse.

Pienso que la golden age del género fue entre los años sesenta y setenta, cuando bandas como los Cadetes de Linares, Invasores de Nuevo León, Relámpagos del Norte, Carlos y José, establecieron el canon sonoro y visual del género. Lo que vendrá después (sea tex-mex, tejano, chicano, grupero, o como quieran llamarlo) inevitablemente tiene que dialogar con ese pasado.

El amo del corrido vs. el mundo moderno

Julián Garza surge en el corazón esa golden age, donde la tradición rural del norteño se incorpora a lo masivo. Nació en Los Ramones, Nuevo León, en 1935. Su primer trabajo en el negocio no fue como músico o intérprete, sino como compositor. Cuenta la leyenda que escribió en una semana sus cinco corridos clave: “Las Tres Tumbas”, “Pistoleros Famosos”, “Nomás las Mujeres Quedan”, “Jesús Pata de Palo” y “Luis Aguirre”. Los dos primeros, en voz de los Cadetes de Linares, son acaso los más famosos.

Julián Garza fue un corridista, un narrador oral, como todos los que contaron en verso las mil historias de México. El corrido está presente en el folclor de casi todo el país, pero sólo pudo insertarse de manera tímida en la masividad a través de la música norteña; y en menor medida en la ranchera. Los conjuntos norteños grabaron los corridos revolucionarios de antaño, pero también compusieron nuevos, sobre bandidos, traficantes y pistoleros de poca monta. Y lo hicieron a su manera, magnificando el honor y el valor. A Chito Cano “le pegaron por la espalda porque de frente no se podía”, y a Gerardo González  sólo “a mansalva y cobardemente le dieron la muerte”.

Julián Garza forma parte de los poetas de ese norte violento pero romántico. Los tres corridos que aportó a los Cadetes de Linares son una declaración ética. Todo podría resumirse en aquel verso de “Pistoleros famosos”: “Murieron porque eran hombres, no porque fueran bandidos”.

Luego de sus primeros éxitos como compositor, decidió lanzarse junto a su hermano como intérprete. Por más de treinta años, Luis y Julián fueron un conjunto de fama regional en el enorme y complejo mercado de la música norteña, y su estilo les valió el mote de Los amos del corrido. Pero el corrido nunca terminó de encajar en las listas de popularidad y en los gustos más masivos. Su sabor rural y añejo lo fue relegando a las generaciones mayores, o a consumos muy locales o de nicho.

Tal como Garza profetizaba en “Pistoleros famosos”, esas gentes de honor de las que cantaba en los setenta se estaban acabando, y el narcotráfico, siempre presente en la vida mexicana, escaló en violencia y en notoriedad mediática. El corrido se fue nutriendo de eso. Y lo sigue haciendo hasta la fecha, si atendemos a fenómenos como el movimiento alterado.

Julián Garza tampoco pareció encajar en el narcocorrido mexicano reciente. Su gusto tradicional lo dejaba al margen de esas narraciones de cuernos de chivo, autos de lujo y botellas de whiskey. Su sonido tenía poco que ver con lo grupero o con la sofisticación pop de las bandas tex mex. Pero la frontera no se esperaba una de sus últimas maldades.

La avanzada del Viejo

Es interesante que la transformación de Julián Garza no estuviera motivada por el propio mundo de la música norteña, sino por las corrientes urbanas del Monterrey de los años noventa.

Julián leyó el fenómeno de la Avanzada Regia a su estilo. Cuenta Guillermo Berrones en el libro El Viejo Paulino, poética popular de Julián Garza, que una vez fue a visitarlo y éste le mostró la letra de su más reciente corrido, “Era cabrón el viejo”. En él incorporaba por primera vez lenguaje “vulgar”. Maldiciones, si queremos llamarlo así.

“Oye, si Plastilina Mosh, El Gran Silencio, Cabrito Vudú y todos esos grupos que andan de moda, no tienen el mejor respeto ni recato para decir una sarta de chingaderas en sus composiciones, yo dije: por qué el corrido que es del pueblo y para el pueblo, no puede usar su propio lenguaje; y compuse este corrido”.

“Era cabrón el viejo” le ayudó a Julián a construirse un personaje cómico. Su lucidez verbal y conocimiento de la jerga popular le abrió la puerta. Así nació el Viejo Paulino. Echó mano de la picardía norteña, esa tradición que va desde Piporro hasta Chis Chas, llevándola un paso más allá, entre albures, lenguaje de rancho y una imagen de macho bragado, rústico y querendón.

Ese cambio no le agradó a muchos. Lo radical de su transformación no es común en un medio como la música norteña que, a pesar de ser masivo, valora el anclaje a sus tradiciones. Con el tiempo se separó de su hermano Luis para abrazar definitivamente una nueva carrera bajo el nombre de El Viejo Paulino y su Gente. Grabó temas de un humorismo simplón, pero efectivo, como “El Mono de Alambre”, “La mesera”, “El hijo de Su”, y “Se mamó el becerro”.

Sus videos lo terminaron de popularizar en la generación YouTube. Habilidad no le faltaba, ya que también trabajó en la industria cinematográfica como actor y guionista de películas y videohomes. Sólo tienen que buscar en la web los videos de los temas antes mencionados y sabrán de lo que hablo. Mucho de ese consumo venía en clave irónica desde las clases medias, que veían en él una joya naif. Una norteñidad posmoderna y burlona.

Pero Julián Garza se dejó llevar, y no sabemos, al final, cuánto de Julián se comió el Viejo Paulino, o cuánto del Viejo Paulino era una lección, irónica, del viejo Julián.

La última peda en el rancho

La música pop, como bien sintetizó Simon Reynolds, siente una profunda atracción por su propio pasado. Y la música norteña, el pop del norte de México, no es la excepción. Intocable, Pesado (y sus pares generacionales) transformaron la manera en que escuchamos norteña: producción cuidada, sofisticación, arreglos baladísticos, trajes finos apartados del kitsch.

Las bandas de Beto Zapata y Ricky Muñoz también sintieron esa necesidad de ir hacia el pasado. Eso explica Classic (2009), el homenaje de Intocable a los Relámpagos del Norte, y sobre todo Desde la cantina (2009), concierto grabado en el Pilo’s Bar de Guadalupe, donde Pesado compartió escena con los monstruos históricos del género.

Julián no fue invitado al homenaje de Pesado, pero hizo un cameo en el video de “Hay ojitos” de Intocable. Una vez más, atento a la ola, se aventuró a un notable proyecto para reencontrarse con su pasado: el disco y DVD Los amigos desde el rancho.

Julián abrió la agenda empolvada y llamó a Catarino Leos, Lorenzo de Monteclaro, Juan Villarreal y Ramiro Cavazos, y a muchos más, en un último cónclave de leyendas norteñas. La nostalgia vende, y Julián también se subió al carrito, pero en su caso me parece más un proyecto de introspección, de ajustar cuentas con el pasado.

Julián murió el 16 de julio de 2013. Unos meses antes, en abril, le organizaron un homenaje en el Museo de Historia Mexicana de Monterrey. En silla de ruedas, enfermo, el Viejo Paulino, el norteño bragado, se permitió el lujo de derramar lágrimas. “Me hicieron llorar porque recordé mi tierra donde nací. Lloré, no me aguante y lloré como los hombres”, le dijo a la prensa. “”Quiero que siempre me recuerden en una cantina, de parranda y con una botella de mezcal de la sierra”.

Las dos tumbas

Al final, ¿quién es Julián Garza? ¿El de los memes en las redes sociales y los videos de YouTube? ¿El de las groserías en horario dominical en la televisión de Monterrey? ¿O es el venerable cronista de los caminos rurales de Nuevo León y el autor de un puñado de corridos esenciales del cancionero norteño? Quizá al final sea todo eso, junto. Quizá sea El Viejo Paulino y Julián Garza a la vez, y las dos tumbas sean una sola, y juntas sean la gran metáfora y contradicción de la música norteña.