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Música bajo asalto: las fonotecas recuperadas de Somalia y Afganistán

En occidente cuesta trabajo creer que haya gente interesada en destruir la existencia material de cierta música. Pero incluso en los momentos más oscuros de la historia de un país, hay personas que están conscientes de su poder simbólico y buscan preservarla aún a riesgo de perder su vida.

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Mohammad Siddiq sabía por lo que venían. Por eso había estado trabajando en secreto para salvar su tesoro. Y sucedió. Los hombres entraron y se dirigieron a una habitación que creyeron que era el archivo de Radio Kabul. Y arrasaron con todo. En su interpretación religiosa, toda música con instrumentos era no-islámica, y por ende debía ser prohibida.

Los hombres acabaron con el archivo y salieron del edificio, satisfechos con el trabajo. Y nunca más volvieron a aparecer por ahí.

Lo que no sabían es que el verdadero archivo de Radio Kabul -un patrimonio de música afgana, discursos políticos y otras grabaciones históricas- seguía intacto en otra habitación, cubierto con sábanas y con las etiquetas desprendidas. El ingenio de Siddiq había logrado preservar la memoria sonora de un país en uno de sus momentos más oscuros.

La anécdota, de película, suena como de otro siglo, pero sucedió hace sólo 20 años, en 1996, cuando el régimen talibán tomó el poder en Afganistán. Y es que en occidente cuesta creer que haya gente interesada en destruir toda la existencia material de cierta música, por más que ciertas discusiones nos lleven a posturas intolerantes o censoras.

Al igual que muchos otros países de Medio Oriente y el centro de Asia, Afghanistan pasó un siglo XX convulso, alternando entre monarquías, estados comunistas y gobiernos teocráticos. Hoy, luego de más de quince años después del Talibán, sigue siendo un país en reconstrucción, con muchos problemas por resolver, entre ellos, su patrimonio cultural.

En los años sesenta y setenta, Afganistán (al igual que su vecino Irán) vivió un momento de occidentalización sin precedentes. El desarrollo urbano vino de la mano con una fuerte promoción cultural por parte del estado. En el caso de la música, esta se agrupó en torno a Radio Kabul, que generó todo un star-system de cantantes y músicos que se escuchaban hasta en los rincones más lejanos del país. Ahí donde las carreteras no podían llegar, sí lo hacía la señal radiofónica.

En 1961 la disquera Folkways (ahora parte del Instituto Smithsoniano) lanzó un compilado de música afgana grabada por Radio Kabul, a la que siguió en 1977 un disco con lo mejor de la música que sonaba en las “casas de té”, esos espacios de socialización por excelencia de los kabulíes. Ambos discos (que se pueden escuchar vía Spotify) muestran el fascinante sonido de este país a mediados de siglo. En su posición de “cruce de caminos”, la música afgana es una mezcla entre armonías de Medio Oriente con instrumentos y motivos del subcontinente indio. Entre ellos, destaca la voz de Farida Mahwash. Exiliada en Estados Unidos desde los años noventa, sigue siendo una de las importantes difusoras de la música de su país en el extranjero.

La Radio pasó por distintas fases de decadencia durante los años ochenta, pero el momento más alarmante fue con la llegada de los talibanes al poder en 1996. Con su interpretación radical del Islam, no dudaron en dinamitar las milenarias estatuas de Buda en el valle de Bamiyán. Y mucho menos reparo tendrían con la música “impura” que se archivaba en Radio Kabul.

Mohammad Siddiq había trabajado en el archivo desde los años setenta y lo conocía de memoria. Es uno de esos burócratas con voluntad de hierro, que día a día estaba ahí, en la oficina, rebobinando las cintas para que no se degradaran con el paso del tiempo. “Incluso cuando estaban bombardeando esta zona antes de que llegara el Talibán, venía todos los días”, le contó a la BBC cuando lo entrevistaron en 2002. Sus amigos lo apodaban “Mr. Computer”.

En los años sesenta y setenta, Afganistán vivió un momento de occidentalización sin precedentes. En el caso de la música, esta se agrupó en torno a Radio Kabul, que generó todo un star-system de cantantes y músicos que se escuchaban hasta en los rincones más lejanos del país.

El archivo consistía en más de 50 mil cintas, no sólo con música afgana, también con obras de teatro y grabaciones históricas. Entre ellas, discursos de políticos como el rey Zahir Shah. Casi un siglo de historia sonora del país en un solo lugar. Por eso había que salvarlo a toda costa.

Consciente del riesgo que corría con los nuevos gobernantes, Siddiq desprendió las etiquetas de las cintas y las guardó. Como conocía todas de memoria, no tendría dificultad en identificarlas. Luego las metió en una habitación, las cubrió con una sábana y echó llave. Cuando los talibanes llegaron a las oficinas de la radio, encontraron otra sala con cintas música iraní e hindú y la destruyeron, pensando que se trataba del archivo. Nunca se preocuparon de averiguarlo.

Cuando los talibanes dejaron el poder, luego de la ocupación estadounidense, Siddiq volvió a abrir la habitación y re-etiquetó las cintas. Y no sólo eso, también agregó al archivo las grabaciones que los propios talibanes habían hecho de sus cantos y recitaciones del Corán.

A lo largo de la siguiente década, la historia de Siddiq y de otros archivistas y técnicos de Radio Kabul atrajo la atención de distintos organismos y universidades que han trabajado en la reconstrucción del país. Pronto surgieron apoyos para digitalizar el material, labor que terminó en 2009. Sin embargo, las propias autoridades de Radio Television Afghanistan (RTA), como se llama actualmente, han sido renuentes a albergar copias del archivo en universidades estadounidenses o a difundirlo vía internet.

Ahora, cuando a Siddiq le preguntan si no teme perder el archivo en caso de que los talibanes retomen el poder, respondió con una sonrisa: “No, porque ahora me guardo esos discos duros en mi chaqueta y me los llevo a un lugar seguro”.

Foto: Niels Jakob Jensen’s DX-Collection

El sonido seductor de La Perla del Índico

El caso de Afganistán no es aislado, ya que en otros lugares del mundo los conflictos armados y las tensiones religiosas han arrasado consigo el modo de vida de muchísimas personas y sus producciones culturales.

Si hay un país al que le podría caer como anillo al dedo el manoseado término de “estado fallido”, ése tendría que ser Somalia, un país ubicado en el Cuerno de Oro de África. Desde los años ochenta ha transitado décadas de caos, carencia de estado, hambrunas y destrucción.

Pero, al igual que Afganistán, hubo un momento en los años sesenta y setenta que Mogadiscio no era la ciudad en ruinas que muestran las noticias y películas como La caída del halcón negro. En esas décadas era una ciudad excitante, con su arquitectura blanca, playas cristalinas, y cafés y cines a la italiana. Por algo se ganó el mote de La Joya del Índico. Y su escena musical estaba a la altura.

Repitiendo el ejemplo del caso afgano, la producción cultural somalí también estaba centrada en la órbita estatal, en este caso el régimen militar de Siad Barre, que oscilaba entre apoyar a Rusia o Estados Unidos en medio de las disputas de la Guerra Fría. Por ende, el funk, el disco y el jazz de los años setenta en occidente penetraron en el país y se mezclaron con el estilo de los músicos locales, creando un sonido propio.

Entre ellas destaca el funk de bandas como Dur Dur, o el beat psicodélico de 4 Mars, pero sobre todo la presencia de una gran cantidad de cantantes femeninas, como Faadumo Qaasim, Hubo Nuura o Sahara Dawo, en una época en la que el papel de la mujer era más importante y libre respecto a otras sociedades islámicas.

Las disqueras comerciales no existían por ser un gobierno socialista, así que la mayoría de las grabaciones (muchas de ellas hechas en vivo en teatros) circulaban por una red de “estudios” caseros que las grababan en cassette directamente de la radio, y las vendían en forma de mixtapes al público en general. Además, estaban los archivos de las propias radios estatales.

En 1988, en medio del conflicto que enfrentaba a la provincia de Somaliland (que siempre luchó por su autonomía) contra la capital del país, los operadores de Radio Hargeisa supieron que la ciudad sería bombardeada y que uno de los objetivos clave de Barre sería cortar el funcionamiento de las telecomunicaciones. Por eso juntaron las cintas de su archivo y se encargaron de preservarlas. Algunas fueron llevadas a países vecinos como Djibouti o Etiopía. Otras fueron directamente enterradas bajo tierra para que sobrevivieron a las bombas.

Mogadiscio en los setenta era una ciudad excitante, con su arquitectura blanca, playas cristalinas, y cafés y cines a la italiana. Por algo se ganó el mote de La Joya del Índico. Y su escena musical estaba a la altura.

Y ahí se mantuvieron por muchos años. Pero poco a poco han empezado a salir a la luz. Sobre todo por el esfuerzo  de la Red Sea Foundation, una asociación cultural somalí con sede en Hargeisa, que, aprovechando la relativa estabilidad de la región de Somaliland en comparación al resto del país, ha ido comprando el stock de mixtapes de los estudios caseros y rescatando las cintas enterradas de la radio estatal.

En 2017, el sello Ostinato Records, con la colaboración del investigador Nicolas Sheikholeslami, lanzó una compilación con algunos materiales de la escena musical de Mogadiscio en los años setenta y ochenta, proveniente de los archivos de Red Sea Foundation. Se llama Sweet As Broken Dates: Lost Somali Tapes from the Horn of Africa, y fue nominado a los Grammy en la categoría de Mejor Álbum Histórico en su más reciente edición. El álbum nos brinda una pequeña muestra de ese sonido fascinante que ambientaba las noches de la gran ciudad del Cuerno de África.

“Una de nuestras ideas con este proyecto era darle a la gente otra perspectiva de la cultura somalí. Quienes escuchen esta música podrán verla de otra manera, y la próxima vez que mencionen a Somalia tendrán algo distinto que contar, ya que el país tiene una mala reputación, sin que en realidad la gente sepa mucho”, contó Sheikholeslami en una nota para The Attic.

La realidad es que incluso en los momentos más oscuros de la historia de un país, hay personas que están conscientes del poder simbólico de la música, y por ende, buscan preservarla aún a riesgo de perder su vida. Y es por eso que la escucha de estas músicas fascinantes de Asia y África toman otra dimensión no sólo histórica, sino también emotiva.

(Torreón, 1984) Periodista. Es editor y staff writer en La Zona Sucia. Estudió letras en la Universidad Autónoma de Nuevo León y sociología de la cultura en la Universidad Nacional de San Martín (Argentina). También trabaja como productor de accesibilidad audiovisual para los canales Encuentro, Pakapaka y DeporTV en Argentina.